La era de Mappo

Relatos e historias de los Mitos de Cthulhu

Re: La era de Mappo

Notapor Sconvix el Dom May 02, 2021 3:35 pm

II

Un pitido intermitente… un fuerte dolor de cabeza y de garganta… una sensación de atrofia muscular… dedos cortos y débiles… Unos ojos abriéndose a un entorno desconocido: un techo liso y de color verde claro, una tela blanca en un lateral, en el otro una especie de hueco… ¡ventana! Sí, esa era la palabra. Y a través de ella podía verse el horizonte montañoso iluminado por un amanecer, bajo el cual se extendían soñolientos y grises edificios de muy diversa estructura y diseño.

Así es como despertaba Nils Lindstrom tras cuatro días en coma, sobresaltado ante aquel lugar en el que se encontraba, tan nuevo pero a la vez tan reconocible. Oía voces procedentes de fuera. A su mente vinieron imágenes de cámaras y bóvedas oscuras, intercaladas con las de aquella habitación, relacionándolas con palabras en inglés, hasta ir comprendiendo todo aquello. Era astuto, y se calmaría hasta haber reunido cuanta información podía.

Dos asientos a su derecha… o sillas también. Y algo rojo, redondo, de un material… También unas plantas, unas flores de colores varios con algo escrito que le resultaba imposible, por el momento, leer. Fue reconociendo de este modo cada elemento que tenía a la vista, nombrándolo mental y después oralmente. Le resultó un esfuerzo titánico el articular unas palabras que, de alguna manera, le eran completamente familiares. Cuando por fin acabó, se fijó en sus manos, hasta ahora ocultas bajo la sábana. Palpó su cuerpo y se empezó a mover. El aire le parecía poco puro, y aquel olor no le recordaba a nada. Además, sentía algo de frío.

Por fin unas pisadas aproximándose, pero no de pies descalzos, sino con calzado. Una mujer, vestida de blanco, una… enfermera. Le dijo algo mientras se inclinaba sobre él y examinaba sus ojos. Del cuello le colgaba una repulsiva cruz de plata, pero ¿repulsiva por qué?; bueno, una simple cruz… pero repulsiva. Aquella mujer se fue y volvió minutos más tarde. Un médico la acompañaba en esta ocasión, quien también le habló, examinó sus pupilas con una lucecita y después lo ayudó a incorporarse.

Aquellas dos personas le hicieron toda clase de pruebas y preguntas. Nils las entendía a medias, respondiendo “sí” o “no” la mayoría de las veces. Lo ayudaron a levantarse, luego a caminar. Aquello duró casi toda la mañana. Nils acabó sintiéndose bastante bien, con mucha vitalidad y deseoso de abandonar el hospital. Cuando recuperó todos sus sentidos habló calmadamente con el doctor que le atendía, y le solicitó el alta para poder volver a casa, o a donde fuese, lo antes posible. El doctor, sin embargo, tenía sus reservas, así que Nils tuvo que subir un poco el tono, mostrándose un tanto más autoritario. Como si hubiese cogido carrerilla o adoptado un modo automático, expuso su necesidad de no perder más clases ni entrenamientos, de no quedarse atrás por un simple desmayo y jurando regresar al hospital siempre que hiciese falta si se sentía mal nuevamente o eran necesarias más pruebas.

Nils se daba perfecta cuenta de que no sabía exactamente lo que acababa de hacer y decir, pero, cuando vio la reacción del doctor, consideró guardar silencio, consciente del beneficioso efecto logrado. Si no conseguía su propósito, pensaba, escaparía a esa jungla de asfalto y ya vería cómo se la arreglaría en una tierra al parecer dominada por la cruz… la repulsiva cruz.

Por la tarde, una vez que Nils hubo saboreado una especie de alimento pastoso y amarillo, acompañado de lo que parecían unas obleas de maíz, recibió la visita del doctor que lo había atendido esa misma mañana. Venía con una serie de hojas en las que supuestamente el paciente debía dejar su rúbrica para poder salir de allí. A Nils le costó bastante coger aquella cosa que se le ofrecía, hasta que por puro instinto logró manejarla y dejar un garabato poco estilizado en cada una de las hojas que el doctor iba pasando para él. Según los documentos, copias en su mayoría, eximían al centro sanitario de cualquier consecuencia del alta voluntaria. Asimismo, el paciente reconocía su derecho a no aceptar el tratamiento prescrito, asumiendo la responsabilidad sobre los posibles problemas derivados de su alta prematura.

Una vez tramitado todo, Nils pudo vestirse y marcharse junto con las pertenencias que llevaba el día de su ingreso. Llegó por la noche al campus, y pidió al taxista que le había llevado hasta allí que él mismo se cobrase con lo que llevaba en la cartera. A aquel hombre le resultó raro ver al muchacho meterse torpemente las manos en los bolsillos y rebuscar, ofreciéndoselo todo para que cogiese lo necesario. Fue honrado, y cobró a Nils lo que marcaba el taxímetro.

A pesar de la hora a Nils se le permitió, dadas las circunstancias, entrar en el edificio del dormitorios de la universidad. Una vez en su habitación fue calurosamente recibido por su compañero, Owen Preston, quien dormía cuando oyó que alguien abría la puerta.

Al entrar pudo reconocer varios elementos. Su memoria había ido regresando escalonadamente, aunque sería mejor que en él se estaba produciendo un efecto de transferencia de datos, y la consciencia que los recibía los adoptaba y aprovechaba para sobrevivir. Se trataba de un proceso automático, completamente involuntario y a la vez imparable.

Nils no tenía ganas de fiesta ni de charla, así que le dijo a su compañero que estaba muy cansado, y que seguía sintiéndose algo débil. Owen no puso ninguna pega, confiando en que podría hablar con su amigo a la mañana siguiente o poco más tarde, y aclarar un poco lo sucedido. Nils se metió en la cama, y allí se quedó, silencioso y cogiendo temperatura.
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Re: La era de Mappo

Notapor Sconvix el Dom May 09, 2021 3:36 pm

III

Adam y el detective Moore llegaron en taxi a la finca Fairview a una hora ya poco prudente para ir molestado a la gente, pero Moore era así de impaciente, y le gustaba estirar tanto como podía las veinticuatro horas del día. La aldaba de falso bronce y con rostro demoniaco o algo parecido, fue lo que el estudiante utilizó para llamar con cierta timidez a la puerta, pasando por alto el timbre que tenía a su vera. Moore hubiera preferido llamar con fuerza, haciéndose notar y dando a entender que la cosa iba en serio. Dos golpes bastaron. Alguien correteó escaleras abajo con algo de prisa, y ese alguien abrió la puerta para recibir a tan extraña pareja.

—¿En qué puedo ayudarles? —fue la pregunta casi instintiva de Patricia, quien vestía ya ropa de andar por casa, más cómoda y adecuada para la primavera. Reconoció a Adam casi al instante, pero no sabía quién era aquel hombre negro de gabardina gris, sin afeitar, aspecto hosco y que ya frenaba la puerta con el pie izquierdo.

—Soy el agente Glen Moore. —Moore sacó y guardó una placa con una velocidad que no permitió a Patricia distinguir el más mínimo detalle de ésta, algo que el agente estaba habituado a hacer. —Y este muchacho que me acompaña es Adam Fitzgerald, un testigo.

Sin que la señorita Duprey hubiese tenido tiempo a invitarlos a pasar, el detective ya había abierto la puerta del todo y se habíacolado en la vivienda seguido por Adam. Moore preguntó a la chica si conocía a Nils, aunque la respuesta fue “Apenas”. Los tres se sentaron en el salón donde días antes Nils cayese en coma. El interrogatorio serviría a Moore para corroborar la versión de Adam, y para averiguar más acerca del episodio relacionado con la hipnotización del individuo del que hablaban.

Mientras iban y venían preguntas y respuestas, Adam miraba para todos lados, obviamente inquieto al volver al escenario donde empezó todo y donde vivió aquella experiencia que dio origen a un supuesto homicida. Por su parte, la anfitriona fue mostrándose cooperadora en todo momento, aunque algo desconcertada y nerviosa. Su padre no estaba allí para ayudarla, ya que había regresado a Ecuador. De todos modosm el profesor vio a Nils cuando éste ya estaba en el suelo, desmayado.

—¿Sabe usted lo de los asesinatos? —preguntó Moore. La señorita Duprey respondió afirmativamente con un movimiento de cabeza. —¿Y lo del robo de ayer? —También lo había oído, aunque desconocía los detalles.

Fue entonces cuando Moore prácticamente arrancó el periódico de las sudorosas manos de Adam, y enseñó la portada a la joven. Patricia empalideció al reconocer a Nils en la fotografía, pero nada más.

Tanto Adam como Moore esperaron a ver si Patricia veía “algo” más, sin tener que decírselo, pero no fue así. A Moore le frustró la sensación de estar dando palos de ciego, y el mejor método para evadirse de aquella sensación era reaccionando, así que se puso en pie de un salto y le dijo a la anfitriona: —¿Es aquella la mesa donde se celebró la sesión de espiritismo?

Sin ni siquiera esperar a obtener una respuesta, el detective fue hasta el rincón en el que se encontraba la mesa circular, rodeada de sillas. Estudió el mobiliario sin tocar nada.

—¿En cuál se sentó Nils? —Ni Adam ni Patricia supieron decir en cuál, pues todas eran iguales y ninguno de los dos había reparado en ese detalle.

Moore examinó las seis de arriba a abajo, y cuando estaba de cuclillas viendo una, la luz que se reflejaba en el cristal de la librería le permitió distinguir algo debajo de la mesa, algo que le horrorizó y heló la sangre, por su familiaridad y por su incongruencia, por cuanto le revelaba o por cuanto le podía revelar. Se quedó estupefacto al ver un arañazo, muy profundo, del mismo tamaño y con el mismo ángulo que los que había visto en las gargantas de las víctimas. Volcó la mesa, desprovista de todo adorno, y examinó la marca. Mientras la medía comparándola con su mano preguntó a Patricia si sabía que aquel corte estaba allí, y si sabía qué lo había producido o si se trataba de un defecto de fábrica, aunque él sabía la respuesta: no.

Patricia estaba asombrada porque nunca antes la había visto pero, ¿quién mira debajo de las mesas? Adam estaba más bien desconcertado, porque se daba cuenta de que Moore estaba frenético al ver la marca. Moore no quiso tomar ninguna fotografía, su memoria era todo cuanto necesitaba, o así lo deseaba. Le dijo a la señorita Duprey que no se desprendiera de la mesa, por si acaso. Con eso dicho, revisó la habitación entera por si se estaba dejando algo atrás.

Cuando Moore veía que pasaba el tiempo y no encontraba nada más, echó un ojo a las reliquias que el profesor Duprey tenía allí en su colección. Le llamó poderosamente la atención una estatuilla de piedra de una serpiente enroscada y de grandes proporciones cuya cabeza estaba adornada con plumas, con unas fauces de largos colmillos y unos ojos abultados y perfectamente redondos. Sintió un escalofrío al notar cierta similitud entre aquel objeto y la descripción que Adam le diera.

—Se trata de Quetzalcóatl, —interrumpió Adam. —Significa “serpiente hermosa”, aunque también es conocido como la “serpiente emplumada”. Muchas culturas mesoamericanas lo consideran el origen del mundo, de ahí que sus fieles realizasen sacrificios humanos en pago por el haberlos creado. Suele aparecer representado como un guerrero conquistador y como una serpiente devorando a seres humanos.

—Vale, vale. Ya está bien. —Moore comenzaba a sentir náuseas y no quería saber nada más del tema. Le parecía muy bien que Adam fuese todo un erudito pero, por algún motivo, su cabeza estaba imaginando cosas que no podían ser, y se sentía mal.

Moore agradeció la información a la señorita Duprey y salió de allí junto a Adam. Esperaron fuera al taxi que Patricia les pidió por teléfono. Ambos se mantuvieron callados bajo la humedad que caía sobre ellos. El vaho que producía su respirar daba la sensación de que fumaban. Cuando por fin llegó el taxi y se sentaron dentro, Adam no pudo más y le preguntó al detective qué era aquella marca y por qué le sobresaltó tanto. A él le había parecido nada más que un simple arañazo. Entonces, Moore se metió la mano bajo la gabardina y sacó cuatro fotografías de las víctimas: Margaret, Loretta y los Dank. El ahora aterrado Adam sintió una repugnancia considerable al ver aquellas heridas y relacionarlas con el arañazo, y sintió como de algún modo su salud mental de quebraba. ¡Había compartido una noche con el autor de aquellas marcas! No le extrañó que el detective se hubiese alterado tanto, aunque ya parecía habérsele pasado, y él se creía incapaz de superarlo.

—Las fotografías son de las víctimas de Nils, —se puso a explicar Moore. —Estoy seguro. Tal vez lo hayas oído o leído en algún medio. Lo de la chica que trabajaba en el comedor del campus, lo de la hija del pastor y lo del atraco al banco. Las dos últimas son del director del banco y de su esposa, a quien por cierto le faltaba un dedo, aunque no se aprecie en la fotografía. El dedo nos lo encontramos en el despacho de él. —Con cada dato que Moore daba Adam se iba horrorizando más.

—Te lo cuento, prosiguió el detective, —porque creo que atisbas al menos mínimamente de qué podría ir el asunto Es por eso que quiero que cojas esta misma noche el periódico, te centres en la fotografía y dibujes lo que creíste ver, con todo el detalle que puedas. —Adam asintió aún boquiabierto. —Te buscaré mañana. Y necesito que me digas el nombre de la persona que hipnotizó a Nils.
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Re: La era de Mappo

Notapor Sconvix el Dom May 16, 2021 10:01 am

THOMAS CLEMENTS

I

Un par de chicos, uno de doce y el otro de quince años, iban caminando por un camino de tierra y de escasa vegetación, bordeado a ambos lados por un pantano invadido por la mugre y los mosquitos. Allí, en la campiña de Bowersville, los hermanos Clements volvían una vez más a su casita del bosque.

—“Tom, ¿crees que algún día desaparecerá?” —preguntó el mayor de los dos, refiriéndose al camino por el que avanzaban, pues éste había ido perdiendo anchura con el paso del tiempo; ahora no tendría más de cinco metros, y aunque era poco transitado, se trataba del único acceso a las profundidades de lo que antaño fuese una tierra fértil y cultivable.

Thomas se encogió de hombros y se limitó a responder que muy posiblemente así fuera, como si no le importara. Así que siguieron andando hasta que divisaron a lo lejos lo que ellos denominaban su “lugar secreto”, bajo el cielo claro de aquel día. En lugar de haberse contentado con la típica casita del árbol de la mayoría de niños, los hermanos Clements encontraron en su día una cabaña en las afueras del pueblo, un tanto inaccesible y muy castigada por los elementos. La estructura estaba medio desmoronada, con tablas que colgaban aquí y allá, todas las ventanas rotas y los restos de una chimenea de piedra esparcidos junto a la casa. El interior era más o menos lo mismo, pero igual de deprimente. Una sola habitación llena de moho y carente de mobiliario era su “centro de operaciones”.

Aquel era el único vestigio de civilización en aquel punto de Georgia olvidado por la mano de Dios. Alan, el más mayor, ayudó a su flacucho hermano a encaramarse a la cabaña, porque los peldaños que ascendían al porche hacía tiempo que habían desaparecido. A diferencia de Thomas, Alan era fuerte y vigoroso, de voz ronca, rara vez caía enfermo y siempre se mostraba muy activo, ya fuera ayudando en casa, cuidando de la pequeña Karen o trabajando en el campo. Por su parte, Thomas parecía estar siempre pensativo, meditabundo, su cuerpo era frágil y propenso a las enfermedades. Pero poseía una capacidad que lo compensaba todo.

Alan apartó la chirriante puerta que colgaba de unas bisagras muy oxidadas y a punto de separarse del marco. Dentro de la húmeda cabaña cada paso que los chicos daban eran correspondidos con un crujir bajo sus pies, algo que a cualquiera hubiese inducido invariablemente a pensar que algún tablón acabaría partiéndose, pero aquel ruido era algo a lo que los dos hermanos estaban más que acostumbrados.

De un rincón oscuro Alan cogió una cajita de madera, del tamaño de una caja de zapatos y con la palabra “PRUEBAS” escrita con bolígrafo rojo en la tapa. Se sentaron uno frente al otro, con las piernas cruzadas. Alan procedió a abrir la caja mientras el pequeño Thomas miraba al vacío, como si estuviera ausente. Alan sacó un cuaderno que depositó a su derecha, en el suelo, luego un bolígrafo azul y otro rojo. Con el azul anotó la fecha: 15 de agosto de 1988. A continuación sacó una baraja de cartas de póquer.

Alan cogió una carta del montó y dijo a su hermano: —Bien, Tom. Hace una semana acertaste doce de quince; a ver si hoy lo superas o sigues bajando.

El juego consistía en que Thomas tenía que adivinar la carta que sostenía su hermano, y Alan iría anotando los fallos con el bolígrafo rojo y los aciertos con el azul.

—Tres de diamantes, —fue la respuesta de Thomas tras concentrarse unos segundos.

Su hermano giró la carta de un as de picas. Primer fallo. La segunda, un cuatro de tréboles, tampoco la acertó; y la tercera tampoco. Tres fallos consecutivos, así que aunque adivinase las doce cartas siguientes, solo podría igualar el registro de la semana anterior, algo inaudito.

—Tom, no estás dando ni una. ¿Qué te pasa? ¿Prefieres que lo dejemos y volvamos mañana?

—No. —Respondió Thomas. —Prefiero seguir. Pero no sé… algo me desconcentra, algo aquí en el pantano, como si estuviese cada vez más presente… creciendo.

—Sí, el pantano crece, ¿y qué?

—No es el pantano en sí, es algo del pantano. Tengo la sensación, bueno… de hecho siempre la he tenido, de que hay algo en él. Algo que algún día será tan poderoso que no podré adivinar ni una sola carta.

Thomas oteaba más allá de la puerta de aquella cabaña, por encima del hombro de su hermano mayor. La superficie verdosa y oscura del pantano no me movía lo más mínimo, no se veía a un solo pez ni tortuga asomar la cabeza en busca de oxígeno o alimento, ni un solo insecto revoloteando cerca de la cabaña y tampoco una sola flor que contrastase con aquel deprimente paisaje de lúgubre visión. ¿Por qué la casa seguía en pie? Era lo que Thomas se preguntaba una y otra vez, sin hallar la respuesta.

—Todo eso que dices es muy raro Tom. —Alan sacó a su hermano de sus pensamientos. —Mira, hagamos una cosa: vayámonos a la biblioteca y allí hacemos la prueba. Siempre está vacía, y seguro que al señor Lang no le importa.

Thomas cogió aire. —No, me siento bien aquí. Necesito estar aquí. Este pueblo necesita que estemos aquí.
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Re: La era de Mappo

Notapor Sconvix el Dom May 23, 2021 4:19 pm

II
Un NSA de color negro avanzaba lentamente por unos jardines. Su ocupante, un hombre delgado y de aspecto desaliñado, vestido con vaqueros algo desgastados y una camiseta azul con el escudo de Superman, detuvo el vehículo en los aparcamientos de un edificio imponente con base en forma de “H” y una entrada abovedada de cristal. Las puertas, también de cristal, se abrieron automáticamente cuando un sensor exterior detectó movimiento, y el hombre delgado, pálido, de pelo rubio y descuidado, accedió al interior de un grandísimo vestíbulo de suelo ajedrezado en mármol blanco y negro. Nada más atravesar la entrada se podía ver, también en el suelo, un blasón: la cabeza de un águila encima de un escudo con una estrella de los vientos de dieciséis puntas, todo rodeado por un círculo: “Central Intelligence Agency – United States of America”.

El individuo avanzó sin control alguno por un bosque de pilares y banderas nacionales. Llegó hasta un mostrador y cogió un teléfono ante la mirada de una de las secretarias. Marcó un número y, tras colgar, saludó a la secretaria que tanta atención le ponía. Sin más ceremonia se dirigió hacia uno de los ascensores de seguridad y posó el pulgar en un lector de huellas digitales, permitiéndole el acceso al mismo.

De haberse tratado de otra persona, los presentes se hubieran extrañado sobremanera ante tal individuo y comportamiento, y no cabía duda de que se hubiese avisado a seguridad, pero allí todo el mundo conocía a Thomas Clements y su despreocupada imagen, así como su carencia de modales y habitual trato con las personas. Desde que previniese de un homicidio múltiple en Atlanta, fue nombrado consultor especialista, y ahora era un agente más, aunque con una capacidad que solamente unos pocos de sus superiores conocía. Había pasado de adivinar cartas de póquer en un sucio pantano de Bowersville a resolver casos de importancia capital. Tenía carta libre para moverse por todo el país y actuar acorde a un protocolo creado únicamente para él. Su única exigencia era que debía hacer lo que él considerase que se debía hacer, en el momento oportuno. Y siempre solo; la presencia de otra persona podía llegar a distraerlo, más aún si establecía algún tipo de relación con ella. Por eso, desde que lo sacaron de su pueblo, había estado solo.

En el ascensor subió hasta la tercera planta. Allí había más agentes vestidos con caros trajes oscuros, armados y vigilantes. Todos saludaron al Sr. Clements con una leve inclinación de cabeza. Uno de ellos abrió para el agente especial una pesada puerta tras la cual se extendía un largo pasillo iluminado por unas placas LED cada tres metros, con cámaras diminutas a ambos lados, y otra puerta al fondo.

Thomas entró en la habitación, una especie de sala de reuniones con una mesa ovalada aunque vacía en el centro, rodeada de sillas vacías excepto una. Quien la ocupaba era el Sr. Drew, su superior, un hombre de rostro enjuto y serio, de cabello tintado de negro y muy corto, sus ojos eran oscuros y su mirada inquisitiva, siempre con las manos juntas y dando golpecitos con las yemas de los dedos sobre éstos o la mesa. Tras él una pantalla de televisión y un reproductor de vídeo. No era la primera vez que Thomas había estado en aquella habitación, y siempre había hablado con el Sr. Drew, ya fuese en esta o en cualquier otra oficina de la CIA. Lo curioso era que nunca había visto de pie a su superior.

—Gracias por venir señor Clements. Soy consciente de que últimamente hemos recurrido bastante a usted, pero como entenderá no disponemos de más personal de características similares a las suyas. —El Sr. Drew sabía que las decisiones que tomase su hombre, acertadas o no, las iba a tomar, por eso el tenerlo allí le aseguraba el cumplimiento de la misión que tenía entre manos.

Thomas tomó asiento en el otro extremo de la mesa, agradeciendo a su superior su confianza a la hora de ofrecerle un nuevo caso. Tenía la sensación de que aquél era indirectamente importante, y que de alguna manera solucionaría más de una cosa. Sin embargo, todo era demasiado vago, demasiado ilusorio. Siempre había sabido interpretar con mayor o menor acierto las escasas sensaciones que tenía, pero éstas siempre se cumplían. Su capacidad premonitoria era algo que no se podía refinar, al menos en él. Tal vez alguno más de su pueblo, como su hermana, fuese capaz de ver las cosas más claras que él, o de hacer cualquier otra cosa, pero aquello era algo que el agente especial no estaba dispuesto a compartir con nadie, ni siquiera con su superior… Y desconocía el motivo.

—Tenemos una misión para usted, —prosiguió el Sr. Drew. —El hecho de no tener el aspecto físico del típico agente ni emplear la misma jerga, por no hablar de su capacidad… especial, lo convierten el candidato ideal para llevarla a cabo. En esta ocasión vamos a meterlo en política, señor Clements. Tenemos ciertas sospechas que apuntan a que un senador está ejerciendo un fuerte tráfico de influencias desde hace unos meses, aunque desconocemos con qué propósito. Se trata del senador por Indiana, Harold Lindstrom. ¿Le suena ese nombre?

Thomas meneó la cabeza negativamente y el Sr. Drew se puso a dar todos los detalles contenidos en varios informes de seguimiento y vigilancia. Cada dato que salía de los labios de su superior era absorbido por Thomas y se mezclaba en su cabeza con ese malestar que tanto le incomodaba. Aun así, y no como en otras ocasiones, no lo tenía tan claro, y su intuición no lo impulsaba a seguir una línea. ¿Tendría acaso que esperar a que se desarrollase algún evento? ¿O esperar a “ver” algo en su cabeza?

El Sr. Drew, viendo que su hombre parecía distraído le preguntó al respecto. Thomas sabía que era imposible ocultar nada a aquel hombre, así que le confesó su inquietud, sin reservas, afirmando que no tenía muy claro a qué se debía.

—Si así lo desea, podemos encomendar la misión a otro. —El Sr. Drew hizo la propuesta como si no le importase lo más mínimo quién se ocupase de la misión.

—En absoluto. Quiero que esta misión me sea encomendada y no deseo interrupciones de ninguna clase. Si es verdad lo que esos informes detallan, quiero conocer a Harold Lindstrom y saber qué se propone.

Al cabo de dos horas Thomas abandonó aquella sala dándole vueltas todavía a algo indefinible. A pesar de su aspecto cansado, decidió ponerse en marcha en seguida, pues su sensación seguía siendo la misma, y hasta más intensa.
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Re: La era de Mappo

Notapor Sconvix el Dom May 30, 2021 8:12 am

III

Cuatro de la tarde. Thomas Clements tomaba pacientemente un café en el barrio de Foggy Bottom, esperando a que su reloj marque las seis para dirigirse a Fort Totten, un vertedero municipal y estación de transferencia con una serie de vías muertas para cambios de sentido, reparaciones y desguace de trenes. Le extrañaba enormemente que el senador Lindstrom fuese a reunirse con un cazador de recompensas de poca monta en un lugar así, pudiendo hacerlo en su propia casa. Claro que Thomas no era precisamente un experto en protocolo, así que lo más seguro era porque el senador debía tratar un asunto turbio con alguien no muy de fiar. Pero aquello era lo de menos. Lo importante era averiguar el papel del cazador de recompensas en toda la trama; tal vez se tratase de un mero careo.

Recientemente el senador había estado de visita en Arkham para visitar a su hijo en el hospital. Por lo visto, cuando el chico salió del coma, no contactó con su padre ni éste con él.

— Un asunto familiar, —se decía Clements, —eso es todo.

Después varias reuniones privadas y otras más multitudinarias, y ahora una absolutamente clandestina en un escenario atípico. La persona con la que se reunía allí en Washington, el mencionado cazador de recompensas llamado Lee Innes, era un ex agente de Policía. De estatura alta, complexión atlética, ancho de espaldas, pelo canoso y peinado siempre hacia arriba. Había pertenecido a la Policía secreta, concretamente su compañero y él se hacían llamar grupo Lima, por su afición a la cerveza con lima fuera de servicio y al Seven-up en horas de trabajo, que eran casi siempre de noche. Según el historial que consultó Thomas del ex agente Innes fue expulsado por “agresión a un superior y tráfico de estupefacientes”. Pasado un tiempo intentó entrar en la prestigiosa Agencia de detectives Sharp, pero sin éxito. Ahora sobrevivía como cazarrecompensas de poca monta, y eso era precisamente lo extraño, que un senador del gobierno de Estados Unidos tuviese una reunión con tan curioso personaje.

Por otro lado, las indagaciones de Thomas no le habían conducido a ninguna parte, salvo a aquella vía muerta de vagones olvidados, hogar de ratas y otros bichos. Líos de faldas, pequeños vicios, pero ningún indicio ni prueba sólida que apuntase a tráfico de influencias. Tenía la sensación de que la CIA andaba tras una pista falsa basándose en una información no contrastada debidamente antes de mandar a un espía. El único motivo por el que Thomas no había abandonado el caso era porque la presencia de aquel cazador de recompensas le daba cierto pálpito, pero no con respecto al senador Lindstrom, sino con algo de proporciones mayores y… tremendamente distinto.

Thomas le anduvo dando vueltas a la cabeza de camino al vertedero. Cuando llegó allí aparcó su Audi A4 de color azul oscuro en lo alto del parque, desde donde se veía toda la parte trasera del vertedero y las vías muertas donde se alineaban vagones con todo tipo de pintadas. Allí esperó y abandonó sus pensamientos cuando vio un Focus plateado y bastante destartalado aparcar cerca del vertedero. El vehículo tenía golpes y arañazos en ambos parachoques, a una rueda le faltaba el tapacubos, la pintura estaba desconchada en muchos sitios y al espejo retrovisor derecho le faltaba la carcasa protectora.

—Hora y media antes, —dijo Thomas para sí. —Sabe lo que se hace.

Con los prismáticos se fijó en cómo aquel grandullón se liaba y encendía un cigarrillo y se ponía a dar vueltas por la zona, estudiándola. Iba vestido con una camiseta negra de mangas cortas con los diseños típicos de heavy metal y unos pantalones vaqueros algo desgastados. El pelo lo llevaba peinado tal y como Thomas lo viera en las fotografías del historial, es decir de punta. Su exceso de puntualidad y análisis del lugar de reunión demostraba que era precavido y desconfiado, y que también le resultaba rara su presencia allí. Cuando acabó de estudiarlo todo, regresó a su coche y se sentó sobre el capó, sin dejar de fumar. Viendo cómo era físicamente Innes, a Thomas se le escapó una sonrisa al pensar que la agresión al superior no fue precisamente una caricia.

Casi una hora después, sin que Thomas dejase de ver humo de tabaco cerca del Focus, apareció un brillante Lincoln negro. Ya había oscurecido bastante, y allí no había ni un alma, o al menos ni un alma interesada en esa reunión. Del coche salieron dos hombres con traje negro y gafas de sol, algo ridículo dada la hora que era, y uno de ellos abrió la puerta para que bajase Harold Lindstrom. Un tercer guardaespaldas debió quedarse en el asiento del conductor. Siendo ya de noche a Thomas no le costó ver los faros del coche que llegaba, pero no vio al otro moverse. Aparte de metódico, ese tipo era bueno. El trío accedió a uno de los vagones, el cual tuvieron que abrir con llave, tal y como Thomas llevaba sospechando toda la tarde. Unos veinte minutos más tarde se vieron las luces del Focus, procedente del lado contrario donde estaba el Lincoln.

El cazador de recompensas aparcó dando la espalda al vagón, encendió otro cigarro y esperó hasta fumárselo antes de entrar al colorido vagón. Llamó a la puerta, le abrieron y pasó dentro. En ese instante Clements tuvo la profunda sensación de que aquel hombre corría un grave peligro, aunque no inmediato, desde el momento en el que puso un pie dentro del oxidado vagón. Un fuerte escalofrío recorrió de abajo a arriba su espina dorsal, y sintió que aquel cazador de recompensas iba a morir. Fue tal la intriga que aquella sensación le provocaba, que tomó la decisión de averiguar si su capacidad podía alcanzar tales límites, olvidándose del senador y haciendo lo que tenía que hacer, sin mirar atrás.

La reunión duró cerca de una hora. Primero salió el cazador de recompensas, quien se echó otro cigarro antes de subirse al coche. Después salió el senador con su séquito, cerrando la puerta del vagón.

—Vaya, la CIA ya puede ir registrando en sus archivos otro punto de reunión clandestino, —se comentaba Thomas.

Los dos vehículos se fueron casi a la par, y el espía se subió rápidamente al suyo para seguir al cazador de recompensas.

Thomas mantuvo una distancia prudente considerando la oscuridad y la necesidad de llevar las luces encendidas. Además, aquella carretera de la avenida Hawái era poco transitada en tales horas. De todos modos iba bien, lo había hecho muchas otras veces y en peores circunstancias. Bostezando, el espía siguió al Focus plateado sin intención de detenerlo…

Un anciano respira el viento del norte, estrecha sus ojos y frunce el ceño. Está nevando, mucho, no cabe la menor duda. Nieve y una luna maldita, porque ha llegado otra vez. La Luna vuelve a ser nueva, pero esa nieve… El anciano está cansado, sus huesos son como las ramas de un árbol en otoño; le duelen por culpa de ese frío infernal, y ya no es tan ágil como antes. Pero da lo mismo, la luna maldita se acerca y hay trabajo que hacer…

Un fuerte escalofrío de pánico recorrió todo el cuerpo de Thomas, haciéndole pisar el acelerador repentinamente y con fuerza al tensarse sus músculos. Sus reflejos le jugaron una mala pasada y giró el volante hacia la derecha con brusquedad. No tuvo tiempo de contrarrestar virando hacia la izquierda, pues su coche ya se había salido de la cuneta y estaba a punto de volcar. Al final, un guijarro detuvo su marcha, y el coche se frenó en seco al lado de la carretera.
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Re: La era de Mappo

Notapor Sconvix el Dom Jun 06, 2021 8:27 am

MUEVE EL PEÓN

I

En la comisaría de Arkham todo era ajetreo y confusión. El edificio de fachada blanca e impoluta, contrastaba excesivamente con un interior gris claro descascarillado lleno de escritorios de madera y aluminio donde unas pantallas de ordenador ya desfasadas parpadeaban incesantemente. Todo era un caos aquel día a las siete de la mañana; los agentes iban y venían con ropa de calle y de uniforme, cada uno con su taza en la mano y a medio despertar. Había una reunión importante ese día, solicitada por el inspector Callaway, la cual tendría lugar en la sala de reuniones del sótano, junto a los vestuarios y el claustrofóbico almacén de suministros. Allí, el sargento Johnson cedía su escritorio, desde el que asignaba las labores diarias por grupos a sus hombres, al detective Bleetz. Callaway permanecía al fondo de la sala, vestido con un traje gris y con los brazos cruzados, con la espalda apoyada en el filo desgastado y oscurecido de una columna gris.

Los policías bromeaban entre ellos y comentaban el partido de béisbol de la noche anterior, hasta que Bleetz carraspeó sonoramente para llamar su atención y así poder proceder a explicar la orden del día.

—Señores, —empezó el detective. —Es necesario que tengan los ojos bien abiertos por si ven a este individuo. —Sacó una fotografía de un chico de veinte y pocos años, pelo rubio, ojos claros y bien parecido. —Se trata de Nils Lindstrom, hijo del senador Harold Lindstrom. Es sospechoso de los asesinatos de la señorita Margaret O’Conner, friegaplatos del campus universitario y voluntaria en la Iglesia del Sagrado corazón; de la señorita Loreta Swift, hija un pastor local; Benton Charles Dank, director del Primer banco nacional de Arkham; y de Katherine Dank, ama de casa y esposa de éste. También se le acusa del robo en el Primer banco nacional y de la agresión al vigilante de seguridad de dicho banco, Archie Malone, quien todavía no se ha recuperado.

Bleetz sacó el número del Arkham Advertiser del día posterior al atraco al banco. —Parece un montaje, ¿verdad? Pues les puedo asegurar que no lo es en absoluto. Se trata de una persona extremadamente peligrosa. Como ya he dicho su nombre es Nils Lindstrom, tiene veintitrés años, los ojos azules, pelo rubio y corto, mide metro ochenta y pesa unos ochenta kilos. Hasta hace siete días residía en los dormitorios de la Universidad Miskatonic, donde estudiaba en la Facultad de economía. Es por eso que tendrán que buscar a un hombre con esta descripción en hoteles, moteles, pensiones y demás, así como en las estaciones de autobuses y de trenes. Hasta donde sabemos no tiene vehículo, pero sí permiso de conducir y hasta dieciocho mil dólares en metálico, así que tendrán que visitar concesionarios y negocios de alquiler de vehículos. Su sargento les asignará las labores y los barrios. Quiero un informe diario, señores. Muchas gracias.

Con tan escueta introducción Bleetz recogió sus folios y dio por terminada la reunión vespertina. Se fue junto a Callaway escaleras arriba y se pusieron a hablar.

—¿Qué es lo que puede contarme de ese hombre… Moore? preguntó un intrigado Bleetz a su superior.

—Lleva un tiempo sin ponerse en contacto conmigo, —respondió el inspector Callaway mientras se mesaba la barbilla. —Es muy posible que aún no haya dado con nada sólido y que esté esperando a contrastar cualquier evidencia antes de alarmarnos innecesariamente. Es muy metódico, y desde hace tiempo trabaja solo.

Callaway mintió descaradamente a su detective. Sabía que si Glen no le había dicho nada aún era porque algo serio estaba pasando, y era el tipo de persona a la que no le gustaba poner a nadie en riesgo, salvo a sí mismo.

—Bien, con respecto a las víctimas… —Bleetz cambió de tema, —¿Qué sabemos realmente? Es decir, tanto a Margaret como a Loretta no se le conocían parejas. Por otro lado, la única conexión entre ellas parece ser su religión.

—Así es. De todos modos tenga usted en cuenta que solamente Loretta estaba directamente relacionada con la fe cristiana. Hasta donde sabemos la señorita Margaret asistía como voluntaria a la Iglesia del Sagrado corazón, y los Dank acudían a misa todos los domingos, como cualquier otra pareja. Dicho esto, no lo considero un dato relevante.

Los dos continuaron caminando juntos hasta la puerta principal de la comisaría. Allí en la calle una fuerte llovizna empezada a caer, refrescando un poco el ambiente y limpiando los rastros de sangre que el homicida y atracador había ido dejando. Los ciudadanos estaban inquietos, temerosos de toparse con el asesino o de ser elegidos por éste por el motivo que fuera. La historia en los medios acerca del desmembrador de Arkham estaba comenzando a cobrar fama, y no eran pocos los que creían verlo rondando sus casas. La prensa no se había cortado ni un pelo al emitir toda clase de rumores y especulaciones relacionadas con los hechos y la posterior actuación policial. De hecho, Callaway tendría que volver dentro de un rato a comisaría y lucir su traje ante las cámaras para actuar como portavoz del cuerpo.

—¿Tal es su confianza en ese hombre que lo ha hecho venir como consultor desde Nueva York? Está dispuesto incluso a mentir por él. ¿Por qué no lo llama ni lo acompaña? ¿Por qué esa libertad de acción? —Tras una pausa Bleetz volvió a arremeter con sus preguntas, pues aquella situación de colaboración no reglada le resultaba de lo más impropia y a la vez inesperada.

Callaway no se sorprendió demasiado al comprobar que Bleetz se daba cuenta de sus continuas evasivas y medio verdades.

—Verá, Bleetz, cuando uno ve cómo una panda de lunáticos destripa a un compañero sobre un altar de piedra como si fuese aquello un sacrificio, es como para querer estar solo.

Bleetz se quedó conmocionado al oír aquellas palabras. —Vaya, no sabía eso. ¿Y cómo es que usted y él…?

—Fuimos compañeros, pero su anterior compañero lo había sido desde que se conocieran en la academia. Compartieron coche patrulla, y la mujer de Glen era hermana de la de Harvey. Él acabó destrozado, encerrándose en sí mismo durante mucho tiempo. Su mujer lo abandonó por pura depresión e impotencia, y yo tengo este puesto a consecuencia de su apatía. Pero créame, no conozco a otra persona con mejor olfato que él para casos tan enrevesados y atípicos.

Bleetz se encogió de hombros y continuó andando, ahora bajo la lluvia.

—Lo invito a desayunar. Supongo que dispone de tiempo antes de verse con la prensa.
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Re: La era de Mappo

Notapor Sconvix el Lun Jun 14, 2021 9:09 am

II

La lluvia golpeaba la ventana del diminuto apartamento que Sally Garfield compartía con otras dos chicas. Dentro, sentados alrededor de una mesa camilla de mantel verde y motivos otoñales y con un brasero calentando la habitación, se encontraban la psicóloga y el detective Glen Moore. Sentados uno frente al otro, ambos bebían algo caliente para combatir una primavera inusualmente fría y lluviosa.

Glen se había presentado en aquel apartamento con la esperanza de que la Srta. Garfield le explicase algo que todo el mundo conocía, pero que unos pocos podían explicar cuál era la ciencia que había detrás de aquel método de sugestión llamado hipnosis.

—Verá usted, señor Moore. —Sally quería satisfacer con su explicación al detective para que éste se marchase con una idea menos superficial de la hipnosis que le sirviese en su investigación. —Existen tantas formas de hipnotizar a una persona como hipnotizadores casi. Hay quien recurre a péndulos o movimientos repetitivos y continuados, quien utiliza la relajación, y desde luego quien usa el acompañamiento verbal, que se trata básicamente de realizar una serie de afirmaciones para que el sujeto a hipnotizar se vaya metiendo dentro de sí mismo.

—¿Y cuál es el que usted utiliza? —interrumpió Moore.

—Yo, el más científico y el que me han enseñado: la relajación junto con el acompañamiento verbal. En fin, hipnotizando al sujeto lo que se consigue es que entre en un estado de conciencia alterado, aunque hay quien afirma que el sujeto lo que hace en realidad es responder a estímulos, bien con acciones, bien con palabras o ambas, imbuidos por el hipnotizador. Yo soy de los que defienden la teoría de la alteración.

—Disculpe que la vuelva a interrumpir, pero conforme me está contando todo esto me van surgiendo preguntas y no quiero que se me olvide ninguna. Así que prefiero ir aclarándolas sobre la marcha. ¿Me está diciendo que usted alteró la conciencia de Nils para hacerle actuar como un bebé y luego como un mono? —En el fondo, Moore estaba más que impaciente por acabar con aquella charla para volver al trabajo a pie de calle, pero tenía la esperanza de obtener algún dato crucial para entender mejor el cambio de actitud de Nils Lindstrom.

—Desde luego es lo que se suele hacer; revertir a un individuo a cuando era un recién nacido, y no a cómo será dentro de diez años, por ejemplo. Eso se hace porque el sujeto sabe cómo se comporta un bebé, pero no cómo se comportará él mismo dentro de unos años. Sí sabría cómo sería quizá de viejo, porque habrá visto a muchos. Lo mismo pasa con actuar como un mono. ¿Quién no ha visto a uno en algún documental o en la jaula de un zoológico? Subconscientemente sabe qué cosas hace uno mono, porque las ha ido viendo a lo largo de su vida. Sin embargo, no le podría pedir que creyese ser un hipopótamo, porque dudo que supiese actuar como uno. ¿Acaso usted sabe qué hace un animal de esos aparte de nadar y estar quieto? No, ¿verdad? Pues por eso se suele recurrir a ese tipo de referencias en un hipnotismo. Otra cosa es que se utilice como método terapéutico.

—No obstante, en este caso usted no hipnotizó a Nils para curarlo de nada, sino para entretenimiento. Aun así, ¿vio algo en él? No sé… ¿denotó un tipo de conducta durante la hipnosis que le indujese a usted a pensar que pudiera padecer alguna clase de trastorno o similar?

—No, sin duda. Llegar a una conclusión con un paciente que es tratado mediante la hipnosis es algo que puede llevar bastantes sesiones. No es como en las películas, donde con un chasquido de dedos se hipnotiza a alguien y se le saca toda la información y se descubren todos sus trastornos en cinco minutos. Lleva mucho tiempo hacer que un sujeto se abra incluso en estado de mesmerismo. Lo que sí puedo decirle es que Nils era tremendamente receptivo a la influencia mental. Lo intenté con dos personas allí antes que con él, y el éxito con Nils fue inmediato y bastante rotundo.

—En conclusión, que Nils Lindstrom es mentalmente débil, por así decirlo.

—Bueno… débil quizá no sea la palabra. Más bien receptivo, como ya le he dicho. Es más fácil acertar a un elefante que a una copa de cristal, ¿verdad?

Moore se recostó en su silla de neja, echando la cabeza hacia atrás y suspirando con fuerza, presa de un desconcierto que lo superaba. En su cabeza bailaban las heridas, la marca debajo de la mesa, lo que Adam creía haber visto en el periódico, el tema del hipnotismo y… ¡tantas cosas! Todo ello aporreado por gotas de agua que caían sin cesar. Así que volvió a activarse, se levantó y ofreció su mano a la Srta. Garfield.

—Bien, muchas gracias, —le dijo. —Si se enterase de algo acerca de Nils o recordase algún detalle, —cosa que Moore dudaba enormemente, —póngase en contacto con el detective Carlton Bleetz de la Policía de aquí.

Sally, habiendo cogido algo de confianza con el detective a lo largo de la entrevista, se atrevió a preguntarle si tenía alguna relación la sesión de hipnosis con que Nils atracase un banco y, por lo visto, arrancase de cuajo el brazo a una persona.

—Eso es imposible, señorita, —respondió Moore tratando de quitar hierro al asunto. —Sin duda hay una explicación lógica detrás de todo el asunto. Por eso vine. Pero no crea que esté pensando que la hipnosis lo hiciese más fuerte y cosas así. Sería absurdo.

Dicho aquello, Moore atravesó el piso sin esperar a que su anfitriona lo acompañase hasta la puerta. Abrió la pesada puerta pintada de verde y con pasador oxidado y se marchó. La psicóloga se dio cuenta de que aquel hombre estaba profundamente turbado, profundamente turbado, aunque no sabía decir si por el caso o por otra razón relacionada con su entorno.
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Re: La era de Mappo

Notapor Sconvix el Dom Jun 20, 2021 4:09 pm

III

Ya por la tarde, Callaway y Bleetz repasaban en el escritorio del último las fotografías de las víctimas de Nils. Fuera continuaba cayendo una fina llovizna atípica de la época. Y dentro, el ajetreo de siempre, el olor a café de máquina expendedora y a polvo acumulado en los ordenadores. El teléfono en el despacho de Callaway sonó, y el inspector tuvo que dejar cuanto estaba haciendo para atender la llamada. Se trataba del agente a cargo de vigilar a Malone en el hospital, y llamaba para comunicar que el vigilante de seguridad había vuelto en sí, que su estado era débil, pero que podía hablar.

Callaway hizo un gesto a Bleetz con la mano, indicándole que debían salir. Así que se pusieron en marcha y se dirigieron al coche de Bleetz mientras su superior le explicaba cuál era la información que acababa de recibir. Casi no les había dado tiempo a digerir el almuerzo, y ya volvían a estar en marcha. Tanto Callaway como Bleetz cruzaban los dedos porque Archie Malone pudiese aportarles un dato relevante. Pero sobre todo, cómo un chico de un físico tan corriente podía haberle arrancado un brazo de cuajo. Miles de explicaciones habían pasado ya por sus cabezas durante un trayecto que se les hacía eterno, aunque todas ellas carentes de lógica.

Con la lluvia de aquella tarde había más tráfico del habitual.

—Aquí en Arkham, cuando llueve todo el mundo va en coche. Pareciera que fuésemos hidrosolubles. —comentó Bleetz a su superior.

Al fin llegaron al hospital Santa María, cuya remodelación una década atrás pedía a gritos otra. El enyesado blanco que recubría los viejos muros de la institución estaba no solo desconchando en muchos puntos, sino que también lucía unas marcas de óxido en los prácticos pero poco estéticos contrafuertes de metal que rodeaban la fachada. Bleetz aparcó donde primero pilló, y siguiendo a Callaway subieron los resbaladizos escalones de piedra.

Callaway se dejó guiar por Bleetz, quien había visitado el hospital en numerosas ocasiones y lo conocía bastante bien.

—Desde que ampliaron y remodelaron esto es un laberinto sin sentido, —se quejó el detective.

A la entrada de un corredor vieron a quienes Bleetz reconoció como familiares de Malone. La esposa lloraba dando gracias a Dios por que su marido hubiese recuperado la consciencia, y mientras que uno de los hijos trataba de tranquilizarla, el otro protestaba airado al agente que intentaba explicarle por qué no podía pasar a ver al paciente hasta no haber sido interrogado.

Inspector y detective pasaron de largo, evitando complicaciones innecesarias. En la puerta de la habitación ciento doce se encontraba otro agente, que reconoció a sus superiores al instante y abrió la puerta.

—Lleva apenas una hora consciente, —informó.

Dentro había médico algo mayor y un enfermero de largas patillas, las cuales contrastaban curiosamente con su avanzada calvicie. Archie Malone, como no podía ser de otra manera, estaba postrado en la cama, con la piel amarillenta y sollozando al ver cómo había quedado su brazo, o no brazo. El viejo doctor explicó a Callaway y Bleetz que el estado de Malone era estable, y que no había dicho nada aparte de que quería ver a su esposa. Bleetz hizo salir entonces tanto al doctor como al estrafalario enfermero, y se sentó junto a la cama mirando a Malone fijamente a los ojos, aunque de vez en cuando echase un vistazo al muñón de éste.

—Sé que desea ver a su familia más que nada. —Bleetz comenzó empleando un tono suave para tranquilizar al paciente. —Pero nosotros tenemos que atrapar a la persona que le hizo esto.

Al escuchar aquello a Malone se le llenó la cara de horror, sus ojos se abrieron por completo y su boca expresó una mueca de infinita repugnancia.

—¿Cómo? ¿Aún no han arrestado a ese salvaje?

Hasta donde Bleetz sabía Malone tenía cincuenta y cinco años; había participado en la guerra de Vietnam y se vio forzado a abandonar al Ejército por culpa de una lesión de rodilla. Llevaba siete años trabajando para la compañía de seguridad Brinks, y cinco en el Primer banco nacional. Según sus compañeros era un hombre muy correcto, que se llevaba bien con todo el mundo y que realizaba su trabajo con profesionalidad. El que fuera un vigoroso soldado ahora no era más que un pobre lisiado tirado en una cama de hospital, lloriqueando como un niño por ver a su mujer y recordando lo que le había pasado. Callaway se daba cuenta de cuán traumática debía haber sido su experiencia, pero Bleetz debía continuar con el interrogatorio.

—Tranquilícese, por favor. Con su ayuda lograremos cogerlo, estoy seguro de ello. Pero para eso necesito que me cuente exactamente lo ocurrido, con todo detalle. Tiene que recordarlo todo, aunque le duela. Dsepués podrá ver a su familia, y lo próximo que sabrá de nosotros es que hemos sentado a ese cabrón en la silla eléctrica.

Con aquellas palabras tan contundentes Maloe se vino un poco arriba, dejó de mirarse el vendaje en el hombro y fijó sus ojos en el techo, tratando de recordar.

Su relato no aportaba nada nuevo a lo ya supuesto por la Policía. Había encontrado el dedo seccionado en el despacho del director, bajando corriendo a continuación a la cámara acorazada donde lo había visto entrar minutos antes junto a un muchacho rubio y de ojos claros. Al ver el cadáver del señor Dank salió corriendo en busca del agresor, quien no debía estar demasiado lejos. Reconoció su error de no haber avisado a los servicios médicos ni haber dicho a alguien que lo hiciese, pues actuó con precipitación al ver al presunto homicida cruzando la carretera. Pudo alcanzarlo porque el sospechoso se giró al oír el frenazo de un autobús, y al ver a su perseguidor intentó salir corriendo con cierta descoordinación. Cuando por fin pudo darle caza en una esquina de aquel callejón, la pelea no duró mucho.

—¡Aquel chico tenía la mirada del mismo Diablo! —repitió el vigilante una y otra vez.

Bleetz y Callaway se miraron. Aquel pobre hombre no había aportado nada. Su relato de lo sucedido era tal y como ambos creían que se habían producido los hechos.

Fue en ese momento de desesperanza cuando el agente que custodiaba la puerta entró apresuradamente, informando a Callaway al oído de que unos compañeros habían dado con el posible escondite del sospechoso, y que estaban vigilando en el lugar mientras se cursaba una orden de registro. Callaway ordenó a Bleetz abandonar el interrogatorio y dejar descansar a Malone. Juntos salieron mientras el agente les daba la dirección del sospechoso, volviendo a cruzarse con la familia de Malone, ahora más relajada y expectante.

Bleetz puso en esa ocasión la sirena, y recurrió a la bocina en numerosas ocasiones, la mayoría de las veces de manera innecesaria. A Callaway no se le iba de la cabeza la imagen del vigilante de seguridad postrado en una cama de hospital y lisiado y trastornado de por vida, con las mismas posibilidades de recuperarse tanto de una cosa como de la otra. Echó un vistazo a su arma reglamentaria, una Colt, comprobando que estuviese cargada, más por costumbre que por otra cosa. Bleetz apagó la sirena tres manzanas antes de llegar a su destino: el 782 de la calle Sentinel, donde dos agentes vestidos de paisano les aguardaban.

Uno negro y el otro blanco, una alto y el otro bajo. Los agentes dialogaban pacientemente entre sí al otro lado de la calle mientras se turnaban ocasionalmente para dar una vuelta alrededor del edificio. La imponente masa de cemento gris y de una veintena de plantas era una de las numerosas estructuras que se levantaron en la década de los setenta para “adaptarse a los tiempos.” Lo cierto era que resultaba tosca, de ahí que muchas de sus viviendas se encontrasen en alquiler a pesar de su proximidad al una vez lujoso barrio de la Colina de los franceses, y a unos precios razonablemente bajos. El portal era abierto, así que lo utilizaban los críos de la zona para jugar, y los no tan críos para hacer pintadas en las paredes o tratar algún sórdido asunto en sus oscuras esquinas. Los edificios que rodeaban a este no es que fueran mucho mejores, pero la sensación era que aquél era el epicentro del creciente gueto.

Cuando Callaway y Bleetz llegaron fueron inmediatamente puestos al día. Aquellos dos agentes habían sido designados para buscar contratos de alquiler recientes, legales e ilegales, saliendo el nombre de Nils Lindstrom en uno de ellos. Aquella labor había sido distribuida por parejas y por zonas, mientras que otros se encargaban de visitar la estación de trenes, la de autobuses, la central de taxis local, los muelles del río, las carreteras, las empresas de alquiler de vehículos y cualquier ruta por la que pudiera haber abandonado el sospechoso la ciudad, siempre fotografía en mano. La casualidad hizo que a ellos dos les tocase esa parte de la ciudad, y fueron hasta allí tan pronto como encontraron el nombre del sospechoso. Llevaban dos horas vigilando el edificio y controlando también la escalera de incendios. Antes de ello tuvieron la precaución de contactar con el propietario para obtener una descripción del huésped en cuestión.

De todo ello fueron informados Callaway y Bleetz. No sabían si Lindstrom estaba dentro, pero estaban seguros de que no había entrado ni salido en el intervalo de tiempo que llevaban allí. La orden no había llegado todavía; seguían esperándola.

—De eso me encargo yo, —dijo el inspector Callaway.

Bleetz entendió que su jefe le respaldaría, así que decidió actuar enseguida. Ordenó a uno de los agentes quedarse abajo por si Nils, en caso de estar en casa, escapaba por la escalera de incendios, o en caso de estar fuera, regresaba. En los dos casos debía avisar al resto, pues el sospechoso estaba considerado como muy peligroso. Callaway y Bleetz cogerían un ascensor cada uno hasta la sexta planta, mientras que el agente restante subiría por las escaleras, dando la voz de alarma inmediatamente si se tropezaba con Lindstrom, a quien la prensa ya apodaba como “el desmembrador”.

Procedieron según lo planeado. Se introdujeron los tres en el edificio bajo la suspicaz y desconfiada mirada de los grupúsculos de camellos y clientes que se arracimaban entre las columnas de los oscuros bajos del bloque. Dado que era un bloque con pisos en alquiler, el ver a caras desconocidas no preocupó a la gente, y más aún teniendo en cuenta la clase de trapicheos que se urdían allí. Callaway suspiraba desconcertado conforme el ascensor iba pasando las plantas. Bleetz, por el contrario, deseaba llegar arriba cuanto antes, y no quitó la mano de la empuñadura de su arma en ningún momento. Bleetz abrió la puerta del ascensor y vio a Callaway, en un pasillo casi oscuro y afortunadamente despejado. La moqueta de color gris oscuro olía a orina, tenía salpicaduras marrones en algunos puntos y le colgaban hilos e incluso pedazos en todos los bordes. La luz la ofrecían unos tubos fluorescentes que parpadeaban agonizantes, como la mayoría que colgaba sin la cubierta bajo aquel techo pintado de salmón y enverdecido y burbujeante por las humedades. Era patente que el vandalismo había hecho mella en toda la estructura.

En el hueco entre los dos ascensores estaba la escalera, por donde apareció el policía, dirigiéndose inmediatamente a la ventana del fondo del pasillo para echar un vistazo a la escalera de incendios y quedarse en la retaguardia. Bleetz comprobó que el comunicador estuviese encendido, pues tenía muy presente la posibilidad de que el sospechoso pudiese estar entrando al bloque en cualquier momento. Callaway se mantuvo siempre un paso por detrás de su hombre, sacando su arma para cubrirle. Bleetz sacó la suya, la cogió fuertemente con ambas manos, deseando ponerle una bala en la cabeza al ya famoso desmembrador. El detective tomó una bocanada de aire y abrió la puerta con una fuerte patada…

—¿Pero qué cojones hace usted aquí?

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Re: La era de Mappo

Notapor Sconvix el Lun Jun 28, 2021 8:52 am

LEE INNES

I

Aquella polvorienta e interminable carretera en un día tan desagradablemente soleado era una de las peores por las que había conducido nunca Lee Innes, ex agente de la Policía secreta y ahora cazador de recompensas de poca monta. Se dirigía a Delilah, un pueblo situado a ochenta kilómetros de Samson, California. El cambio de costa no le había gustado nada: demasiadas diferencias horarias, calor, humedad, carreteras, señalizaciones… Menos mal que llevaba una buena cantidad de tabaco para fumar cuando la cosa era aburrida. Sus fuertes brazos se aferraban al volante, como si apretándolo fuese a llegar antes en aquel Opel Corsa de color blanco que había alquilado.

Como el trayecto era largo, se puso a repasar mentalmente el caso por si se había dejado algún cabo suelto. Su objetivo era Jennifer Armsbruster, sospechosa de la desaparición de su mejor amiga, Noèlle Rand, a quien conocía de un gimnasio que ambas frecuentaban en Samson, cerca de los juzgados. Innes ya había visitado el apartamento de Noèlle, y nada parecía apuntar a un rapto ni a una marcha precipitada. Eso sí, faltaba algo de topa y una moto Honda, como si se hubiese ido un fin de semana… hace dos meses. También tuvo ocasión de hablar con los padres de la chica, quienes se mostraron muy cooperativos, explicando la gran amistad entre “Jenny” y “Nolly”, como las llamaban. En el gimnasio todos las conocían, especialmente a Armbruster, porque ésta había ganado varios certámenes de culturismo a nivel local. Fue allí donde Lee pudo ver las fotografías y carteles de aquella mujer musculosa, así como en la Liga de culturismo, donde tuvo que hacer uso de todo su ingenio para poder acceder al historial de Armbruster. Según dicho historial, Jennifer fue descalificada cuando trató de presentarse al campeonato estatal tras no pasar las pruebas sanguíneas.

Pero ahí no acababa la cosa. Jennifer Armbruster era una bioquímica contratada por Biozyme, una empresa dedicada a la biotecnología con un fuerte respaldo económico y un futuro que… bueno, difícil de decir por un mero cazador de recompensas. La cuestión era que Armbruster dimitió, pero según su cuenta bancaria seguía percibiendo un salario de dicha empresa, ¡nada más y nada menos que 4.500$ mensuales como asesora! Aquel era un cabo suelto, pero gracias a la cuenta bancaria, Lee pudo enterarse de dónde localizar a la bioquímica culturista. La dirección correspondía a una cabaña que Lee empezó a ver colina abajo cuando la poco transitada carretera pasó a ser un serpenteante y abrupto camino de tierra. Para motivarse puso una canción, como hacía siempre, de las que él consideraba “con mensaje”, Eye of the tiger, de Survivor. Eso y una última calada le aportarían la subida de moral que necesitaba antes de un arresto, o de una pelea.

Apagó el motor del vehículo y dejó que éste descendiera unos pocos metros más, hasta que creyó oportuno tirar del freno de mano y dejarlo aparcado entre unos árboles que lo ocultaban de la vista de la cabaña. Bajó los últimos metros a pie dando grandes zancadas por tan pronunciada pendiente. La cabaña por fuera era de madera y de planta única, con ventanas a cada lado y un porche bastante sencillo. La chimenea de piedra de un lateral estaba algo ennegrecida, y posiblemente hubiese un patio o jardín trasero. Cuando Lee se dispuso a asomarse por una de las ventanas, una voz potente y ronca lo recibió.

—¡Largo de aquí! —Lee no se lo pensó ante aquel tono amenazante, aunque distinguió cierto temor en él, y de una patada abrió la puerta de la cabaña.

Una sala de estar o salón ocupaba la mayor parte de la estructura. A la izquierda destacaba la sucia chimenea. A la derecha dos puertas que posiblemente conectaban con sendos dormitorios o puede que una cocina diminuta. Al otro extremo había una puerta de cristal con mosquitera, con el cristal sucio y fracturado en algunas esquinas. En el centro un sofá de tres piezas y dos sillones, formando entre ellos un semicírculo en cuyo centro se encontraba una mesa de madera de nogal con una lámpara. Pero lo que más llamaba la atención en la polvorienta estancia era una mujer de casi dos metros y medio, una altura muy superior a la que recogía el historial de la Liga de culturismo, completamente desnuda, exhibiendo un cuerpo tremendamente musculoso y rocoso, con un pelo negro enmarañado de color castaño, unas manos grandes como un par de palas excavadoras y una mirada de odio ardiendo en sus ojos.

Lee, un hombre bastante fuerte, se sintió físicamente intimidado ante aquella abominación de la naturaleza, ¿o de laboratorio? Jennifer no salió ni muchos menos huyendo, sino que se puso a pronunciar unas palabras que el cazador de recompensas no había oído en toda su vida. Jamás hubiese esperado tal reacción, y mucho menos de aquella criatura. Las palabras eran repetidas por Jennifer con los dientes fuertemente apretados, y cuando acabó sus músculos se tensaron aún más, para a continuación salir disparada, con una velocidad sobrehumana en dirección al intruso.

Lee Innes sacó todo lo rápido que pudo su nueve milímetros y le pegó un tiro a aquella cosa donde primero pilló. De todas maneras aquel tremendo impacto no la detuvo. La descomunal Armbruster agarró a Lee y lo estrelló contra la pared, lastimándole la espalda. Afortunadamente para el cazador de recompensas, aquella mujer nunca antes había peleado, así que unió ambos puños, fintó eludiéndola y le soltó un golpe seco en la nuca, esperando noquearla con aquello. Pero la giganta no cayó al suelo, sino que se frenó un poco ante el atónito Lee. El cazador de recompensas buscó su arma, la cual había salido volando con el porrazo. Pero cuando fue a por ella un fuerte pinchazo en la espalda lo hizo detenerse en seco. Aquella pausa duró lo suficiente como para que Armbruster se recuperase y lo cogiese de la ropa de un puñado, arrojándolo contra la sólida mesa de nogal, donde Lee cayó de costado. La giganta, fuera de sí, se acercó a él viéndose vencedora, deseando saltar sobre su presa y acabar con ella. Lee palpó a su alrededor, luchando contra un dolor casi insoportable en la espalda, buscando algo con lo que defenderse; entonces vio la lámpara que había caído al suelo, y justo cuando Armbruster se le iba a echar encima, hizo un esfuerzo hercúleo por alcanzar la lámpara y se la rompió en la cara, haciéndola caer y golpearse la cabeza contra la chimenea, desprendiendo unas cuantas piedras con el impacto. Estaba “seca”.

Lee se tomó unos cuantos minutos para recuperarse. El dolor fue desapareciendo y poco a poco pudo incorporarse en la misma mesa. Primero se giró, luego dobló la espalda, y al final pudo hasta sentarse. Recogió como buenamente pudo su arma y salió por la puerta trasera buscando aire fresco. Allí se relajó y movió su cintura creyendo que con ello paliaría el dolor. Fue entonces, haciendo esos ejercicios, cuando se percató de que en aquel claro asomaba un manillar del suelo.
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Re: La era de Mappo

Notapor Sconvix el Jue Jul 01, 2021 3:12 pm

II

Lo que depara el destino al hombre es impredecible; lo que es seguro es que tiene que subsistir, buscar cobijo y alimentarse. El esquimal sale todos los días de caza; no puede fallar ni uno solo, ni siquiera por enfermedad. No puede ir al supermercado de la esquina y comprar algo, tiene que ganarse la vida diariamente, descansando lo justo y necesario, olvidando horarios y dejando para otros las festividades. Así, como un esquimal, se sentía el cazador de recompensas Lee Innes, quien se dirigía a una cita que le resultaba de lo más extraña. ¿Por qué diablos se había interesado por él un senador de Indiana?, se preguntaba una y otra vez. Pero como el esquimal que sale a cazar, él debía ganarse igualmente el pan, sin importar el cliente ni el objetivo. Lo que tenía claro es que debía tratarse de algún asunto personal, algo que no podía ser filtrado a los medios ni a las autoridades. Y si estaba recurriendo a un personaje tan sórdido como él, o así se consideraba Lee a sí mismo, seguramente era un trabajo sucio. Aunque ello no le importaba si gracias a él salía adelante un día más.

En su destartalado Focus plateado Lee conducía hacia el vertedero municipal de Washington, para estar allí con hora y media de antelación aproximadamente. En aquel viaje tenía pocos cabos que atar; posiblemente nada más que uno: ¿quién lo había recomendado? La única persona que podría haberlo hecho era su antiguo compañero, Anthony Carss, pero dudaba mucho de que hubiera sido él. Al recordar a su compañero Lee se volvió algo melancólico, y decidió poner algo de música para acompañar y olvidar un poco también el dolor que tenía en la espalda de ir tanto tiempo sentado en el coche. En esa ocasión puso The boxer, de Simon y Garfunkel, la cual le hacía recordar su juventud en Detroit, cuando no era más que un gamberro al que todos conocían como “la cobra”, porque con un golpe dejaba seco a cualquiera. Bueno, a cualquiera menos a la giganta californiana…

También pensó en Anthony, de ascendencia británica, concretamente de un pueblecito próximo a Newcastle llamado Darlington, a donde llegaron a planear ir de viaje en vacaciones. Obviamente, y dadas las circunstancias posteriores, aquello jamás llegó a plasmarse. Fue Anthony quien le aficionó a la cerveza con lima. —Algo común en Gran Bretaña, —le decía. Y él al SevenUp en horas de trabajo. Formaban un buen equipo incluso para eso. A la hora de la faena también se compenetraban. Anthony era, y seguiría siendo, un hombre exageradamente veloz, y la contundencia de Lee era el complemento ideal, haciendo de ellos el tándem perfecto.

Un cigarrito más, porque pronto llegaría a las vías muertas junto al vertedero.

Al fin llegó a aquel maloliente sitio, rodeado de basura y lleno de vagones viejos y pintarrajeados. A pesar de lo desagradable a Lee no le extrañó el punto de encuentro. Fiscales, inspectores, jueces e incluso políticos llegaban a reunirse en los lugares más inverosímiles. Seguramente no era la primera vez que se producía una reunión allí, aunque Lee hubiera preferido un balneario para darse un baño en condiciones y de paso evitar micrófonos. Pero, en fin, el dinero es el dinero. Hay que cogerlo y no hacer preguntas.

Aparcó en un punto apartado, se encendió otro cigarro y se dio una vuelta para estudiar los alrededores. Sus grandes pies aplastaban con las botas de gruesas suelas la gravilla, mezclada con jeringuillas, mecheros vacíos, envoltorios y mil cosas más. Era imposible caminar por allí sin hacer ruido con cada paso. O el senador Harold Lindstrom conocía el lugar, o se lo habían recomendado. Algunos vagones tenían las puertas soldadas y las ventanillas rotas, mientras que otros contaban con candados en las puertas y las ventanas intactas y con bastos brochazos de puntura blanca, por lo que a Lee le resultó patente que la reunión se produciría en uno de ellos. Así que en vez de indagar más volvió al coche, y se quedó allí fumando tranquilamente hasta que vio llegar un sedán negro.

El sedán aparcó junto a uno de los vagones, con la palabra “Bud” pintada con letras grandes y verdes. Del vehículo bajaron dos hombres altos y fuertes, y un tercero bajito y rechoncho, todos ellos trajeados. Seguramente quedaba un cuarto, el conductor. A Lee no le importó la presencia de un mínimo de guardaespaldas, sobre todo porque él sacaba un buen palmo a ambos. Se terminó el cigarro y llevó su coche hasta donde se encontraba el sedán, pero lo aparcó de culo, para una huida más veloz en caso de necesidad. No es que creyese que fuera a tener que salir corriendo, más bien lo hacía por costumbre. Cuando bajó del coche echó un vistazo al sedán, por si llegaba a distinguir al conductor. Como los cristales eran tintados y todas las ventanas estaban subidas, le resultó imposible.

Golpeó la puerta por la que habían entrado los tres individuos. Uno de los fornidos guardaespaldas, cuya arma Lee pudo ver con facilidad, le abrió, apartándose sin decir palabra. Lee extendió los brazos hacia los lados para que le registrase, cosa que el guardaespaldas hizo enseguida, quedándose con el revólver del cazador de recompensas. Mientras era cacheado, Lee se fijaba en el interior del vagón. No tenía nada que ver con el exterior, ni mucho menos. Los paneles de madera habían sido recubiertos con planchas de acero, y los cristales de las ventanas estaban demasiado limpios como para no pensar en una renovación. Además, el pasillo central lucía una maqueta de color azul oscuro, muy limpia y carente de marcas. A cada lado del pasillo había una fila de dos asientos, pero los del medio estaban girados, es decir dos dispuestos frente a otros dos en cada lado. Y allí, en uno de ellos, en la fila izquierda, se encontraba sentado de espaldas el senador Lindstrom, mientras que en el otro extremo del vagón el otro guardaespaldas andaba pendiente al cacheo, alerta.

Una vez finalizado el cacheo, Lee se dirigió hasta la mitad del vagón.

—Tome asiento, por favor.

El senador Lindstrom tenía en el asiento de al lado un maletín de cuero color marrón y cierres y asa dorados. Lee se sentó en el asiento diagonalmente opuesto, con el guardaespaldas que lo había cacheado frente a él, pero con el otro fuera de su ángulo de visión, aunque podía ver su reflejo borroso y diminuto en la cromada estructura metálica de uno de los asientos.

—Verá, señor Innes, —empezó el senador. —Necesito de sus servicios y…. bueno, lamento enormemente haber tenido que recurrir a este lugar tan poco vistoso, pero apropiado como usted comprenderá.

Aquel “como usted comprenderá” ya empezaba a confirmar lo que Lee llevaba sospechando desde que recibiera la llamada telefónica: que lo que iba a tener que hacer era ilegal y que, por cierto, le daba igual con tal de cobrar.

—En fin, —volvió a hablar el senador Lindstrom, quien parecía no arrancar nunca. —¿Es usted padre? —Lee negó con la cabeza. —Yo sí, y me preocupa mucho mi hijo. Quiero velar por su seguridad, y por su bienestar. Sé que últimamente no le ha ido demasiado bien, y sospecho que quizá pueda estar siendo influenciado por malas compañías.

Conforme hablaba, el senador ponía el maletín encima de su regazo. Lo abrió y sacó una fotografía de su hijo.

Lee cogió la fotografía y la examinó. —Un chico apuesto, —fue todo cuanto comentó.

—Sí, su madre dice que no se parece a mí en eso, afortunadamente. —Lindstrom soltó una risotada de lo más desagradable al exhibir unas fauces llenas de dientes de postizos, seguida a continuación por un rostro serio.

—“Lo que quiero de usted, señor Innes, es que localice a mi hijo y me lo traiga. Está siendo buscado por la Policía de Arkham, donde estudia economía, en la Universidad Miskatonic. Está acusado de atraco a un banco, doble homicidio e intento de asesinato. —Lee se quedó absorto ante tantas acusaciones. —¿Verdad que es raro? Pero parece cierto. No creo que mi chico, criado en un buen ambiente y con una educación como la que ha recibido tanto en casa como en la escuela, haya sido capaz de tales atrocidades. Es más, creo que alguien trata de inculparle, haciendo uso, al vez, de la tecnología.

A continuación el senador sacó un periódico, un número del Arkham Advertiser, en cuya portada podía verse a su hijo arrancándole el brazo a un vigilante de seguridad. Lee lo observó detenidamente, y le pareció absolutamente imposible, aunque no del todo…

—Increíble, ¿verdad? —dijo el senador sacando al cazador de recompensas de su estupefacción. —Esto debe ser un montaje hecho por ordenador. Pero un montaje ilógico porque una persona, y mucho menos mi hijo, tendría fuerza suficiente como para arrancarle el brazo de cuajo a otra.

Lee pensó inmediatamente en Jennifer Armbruster, quien esperaba siguiese encerrada en la cárcel. Claro que, Jenny era una giganta, y Nils un chico de complexión normal. ¿Y si él conocía también el cántico que tanto vigorizó a la culturista antes de la pelea? Sería demasiada coincidencia.

—¡Todo esto no es más que un burdo montaje! —Lindstrom soltó una falsa carcajada. —No hay más que verlo y pensar un poco. Esto lo han hecho por ordenador, para culpar a mi hijo. ¡Y los muy tontos del periódico van y lo publican! Fíjese bien y se dará cuenta.

Lee cogió el periódico que el senador ponía frente a su cara. Lo que la lógica sí le decía era que aquello resultaba imposible.

—Se da cuenta, ¿verdad? —insistía el senador con un tono alto e hilarante. —Por favor, está tan mal hecho que hasta a Kevin le pareció ver un cocodrilo o algo así superpuesto. —Lee escrutó la foto mientras su interlocutor señalaba al guardaespaldas rubio que había al fondo.

—¿Y lo del banco? —Lee tuvo tiempo de leer parte de la noticia y preguntó al senador, quien no había mencionado ese hecho.

—No tengo ni idea. Mire, Nils no tiene necesidad de atracar un banco. ¡Su padre es senador! Ni tampoco tiene fuerza para arrancar un brazo a nadie. Es más, hace poco estuvo en el hospital porque sufrió un desmayo. Yo creo que lo están chantajeando.

—¿Quién?

—No lo sé… pero creo que está asustado. Sé que se ha visto obligado a abandonar el campus, y de no haber sido por Damon, —señaló al guardaespaldas de pelo puntiagudo que protegía pacientemente la entrada, —le habría perdido la pista.

Acto seguido el senador sacó otro periódico; en esa ocasión un ejemplar del The New York Times. Los dedos del senador fueron doblando los picos inferiores de las páginas hasta llegar a la sección de sociedad, para entregar al cazador de recompensas otro artículo acompañado de una fotografía.

AMELIA CONOCE A UN HOMBRE MISTERIOSO

Una vez más la deslumbrante Amelia Van Slyke está haciendo manitas con un hombre misterioso. Su galán parecía tener buena planta, y sus rasgos orientales y porte dan que pensar. ¿Qué dirá el magnate sobre los escarceos amorosos de su hija? Porque, por supuesto, siempre estará ‘papaíto’ para opinar. Pero quizás este príncipe encantador posea la fórmula. Sigan atentos a esta columna para futuros acontecimientos.

—Le explico quiénes son, señor Innes. La pareja a la que se refiere el artículo es la señorita Amelia Van Slyke, hija del dueño de unas aerolíneas muy conocidas de nuestro país, y Hwanga Chang, hijo de un traficante chino que opera aquí al lado, en Nueva York. ¿Y ve esa cabecita que asoma tímidamente entre los invitados de la fiesta? —El senador señaló un rostro borroso, aunque hasta cierto punto identificable. —Ese es mi hijo, Nils.

En ese momento a Lee el caso le pareció complejo, porque si lo que pretendía el senador es que él averiguase quién o quiénes estaban chantajeando a su hijo y por qué motivo, él no era su hombre, porque lo que necesitaba era un detective serio. Pero la cosa podía ser mucho más sencilla, teniendo que buscar y localizar a Nils, llevárselo con él por las buenas o por las malas, y mantenerlo escondido el tiempo suficiente hasta que todo se calmase y solucionara.

—Lo que quiero que usted haga es que me traiga a mi hijo, sano y salvo. —Lindstrom puso por fin las cartas sobre la mesa. —No quiero que indague nada. No quiero policías ni prensa. Tan solo quiero que me lo traiga y yo me encargaré del resto. Y por ello estoy dispuesto a pagarle una jugosa suma.
Sconvix
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