La era de Mappo

Relatos e historias de los Mitos de Cthulhu

La era de Mappo

Notapor Sconvix el Dom Mar 14, 2021 5:52 pm

Me gustaría dejar por capítulos una novela que he escrito sobre una campaña que jugué hace años y de la que disfrutamos como ninguna otra.

Me gustaría mucho conocer vuestra opinión.

Gracias.
Sconvix
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Re: La era de Mappo

Notapor Sconvix el Dom Mar 14, 2021 5:53 pm

ASÍ ES COMO EMPIEZA…

I

El Sol se ponía en una ciudad que se resistía a que el tiempo borrase todo rastro de su legado anglosajón, cual roca cada vez más erosionada en mitad de un río prístino que se opone a la corriente. Arkham, con sus altos y viejos tejados a dos aguas recortándose contra un anaranjado horizonte plagado de colinas innominadas, dichosos por haber desafiado al paso del tiempo un día más y por haber alcanzado tan avanzada época. Y en las afueras, en su campiña cada vez menos extensa y más salpicada de estructuras erigidas por las manos el hombre, el ruido de los vehículos que entraban y salían de la ciudad iba siendo sustituido por la naturaleza: el zumbido de los insectos, el graznido de las aves nocturnas y el reptar de criaturas de dudoso origen.

Pero en la finca Fairview todos los presentes vivían ajenos a todo cuanto sucedía fuera, pues estaban de celebración. El Dr. Vincent Duprey había regresado a la ciudad en medio de una exitosa expedición al Amazonas, pulmón de la Tierra. Su preciosa hija de cabellos dorados y ojos marrones, Patricia, aprovechó la ocasión para organizar una recepción y fiesta a la que invitó a cuantos colegas de su padre quisieron asistir, la mayoría profesores de la prestigiosa Universidad Miskatonic. La joven, deseosa de formar parte de un grupo estudiantil llamado Club Sunday, también invitó a unos cuantos miembros de dicha asociación, así como a algún que otro alumno estimado por su padre para que sus intenciones no resultasen demasiado evidentes.

Elizabeth, señora encargada de la limpieza en la casa y contratada para ocasiones especiales como la de aquel día, había ofrecido a los asistentes una cena copiosa, acorde a lo que allí se festejaba. Pero con el fin de los platos los comensales se dividieron en dos grupos. En el amplio comedor, adornado con el estilo victoriano que tanto gustaba al anfitrión gracias a las obras de Edgar Allan Poe, el profesor Duprey y sus colegas tomaban un trago mientras comentaban entre ellos el impacto que la expedición había tenido en la sociedad arkhamita, sin mencionar las dimensiones que podría alcanzar si se seguía adelante. Curiosamente, uno de los alumnos del profesor permaneció junto a esta congregación y no acudió al salón contiguo junto a los demás estudiantes. Prefería deleitar a sus oídos con los detalles de la expedición de labios de su admirado profesor.

Adam Fitzgerald era estudiante de arqueología de tercer curso, grueso, de espaldas anchas y cargado de hombros. A pesar de los fríos inviernos en la estancada ciudad de Arkham, gustaba de llevar el pelo rapado, cosa que no hacía sino aumentar su poco agraciado aspecto físico. No era precisamente la persona más sociable del campus, y precisamente por ello era conocido. Podía pasar horas leyendo en la biblioteca de la universidad en lugar de tener que soportar toda la tarde encerrado con su compañero de cuarto hablando de chicas, deportes y noticias basura. Disfrutaba más de la compañía de Shakespeare, Verne o Cervantes cuando no se sumergía en diarios arqueológicos y nuevas técnicas de codifiación y desencriptado de mensajes.

Bajo la atenta mirada y oídos de sus colegas, así como del joven estudiante, el profesor Duprey se dirigió hasta un extremo del comedor, donde comenzó a colocar una serie de aparatos; entre ellos, un proyector de diapositivas y una pantalla, que dejó cerrada por el momento. Los invitados guardaron un solemne silencio durante los preparativos, pensando en una exposición digna de un hallazgo propio de comienzos del siglo veinte.

Conforme el Dr. Duprey ordenaba meticulosamente cada elemento de su exposición, comenzó a explicar con voz firme y calmada, tal y como solía hacer en clase, los detalles de su asombroso descubrimiento.

—Como todos ustedes bien saben, —dijo finalmente, — he estudiado a lo largo de toda mi vida académica la cultura mesoamericana, centrándome en los últimos años muy especialmente en un mito o leyenda asociado a un tesoro. —Los murmullos en el comedor hicieron que el profesor se detuviese un instante, el cual aprovechó para enchufar a la corriente el proyector de diapositivas.

—O puede que en lugar de tratarse de un tesoro, —prosiguió, — se trate de una reliquia considerada un tesoro por la historia. En cualquier caso me estoy refiriendo al tesoro de las Llanganates. —Los murmullos volvieron a inundar la sala, a pesar de que todos los presentes sabían sobradamente cuál había sido siempre el objetivo de su anfitrión.

La mayor parte de la comunidad científica consideraba el tesoro de las Llanganates un mito de la época en la que los conquistadores españoles invadieron Sudamérica. Era un tesoro que siempre se había resistido al hombre, incluso con los medios actuales, de ahí la incredulidad de tantos.

—Como ustedes probablemente sepan, y si no yo se lo cuento ahora, el supuesto tesoro de las Llanganates era un presente que el emperador Atahualpa hizo a Francisco Pizarro en mil quinientos treinta y dos para que este último le perdonase la vida. Sin embargo, el tesoro nunca llegó completamente a su destino, porque el famoso explorador español dio muerte a Atahualpa antes de que el tesoro estuviese en sus manos. Fue uno de los líderes incas y consejero de emperadores, Rumiñahui, quien escondió buena parte tesoro al enterarse de la noticia de la traición de Pizarro a su propia palabra.

Todo lo que el profesor Duprey había contado hasta el momento lo conocía ya y bastante bien Adam, quien se frotaba las manos deseoso porque el doctor llegase a la parte del relato en la que encontraba más indicios acerca de la existencia real del tesoro. No obstante, su entusiasmo no era mayor que su frustración, pues el mismo doctor era quien no lo había considerado apto para acompañarlo en la expedición; algo justo pero también desilusionante para él.

Tras mojarse los labios con un poco de coñac el profesor Duprey retomó su discurso. —Lógicamente no soy el primero en interesarme por dicha leyenda. Un naturalista inglés llamado Richard Spruce fue el primero en hacerlo en la segunda mitad del siglo diecinueve, porque había encontrado una copia; sí, una copia, de El derrotero del padre Valverde en Latacunga, un manuscrito en el que supuestamente se indica la localización del tesoro.

—¿Nos podría aclarar profesor por qué nos ha recalcado la palabra copia? —El Dr. Wish, profesor de lingüística en la Miskatonic, fue quien acabó formulando la pregunta que todos los presentes tenían en mente.

—Sin duda. A eso voy. —El Dr. Duprey sacó del interior de un maletín de cuero marrón un libro muy viejo y desgastado, de tapas oscuras y bastante delgado. —Señores, este es el famoso derrotero.

Los oyentes se sorprendieron al ver tan famosa obra ante sus ojos. Se suponía en España, cuando una expedición española encabezada por el sacerdote italiano Longo y Antonio Pastor, un corregidor, fueron enviados con el manuscrito por Carlos IV a finales del siglo XVIII para localizar el tesoro. Longo falleció tras una caída, sin que su cuerpo pudiese ser encontrado, y Pastor no encontró el tesoro ni volvió a España con el libro.

El profesor Duprey volvió a meter la mano en el maletín. —Y este es otro. —Extrajo un ejemplar de formato muy similar al anterior ante la sorprendida mirada de sus invitados. —Y aquí otro más. —El tercero que sacó era más pequeño, como un cuaderno de notas, y de tapas rojas e igualmente desgastadas. —Como ven, señores, tengo en mi poder tres copias. Y no me cabe duda de que hay muchas más. No los entretendré diciéndoles de dónde he sacado cada una de ellas, dos de las cuales se suponen reales, porque esta última, —levantó en el aire el libro de tapas rojas, —esta última la compré en una tienda de recuerdos y antigüedades en Ecuador.

Los murmullos se propagaron nuevamente por toda la habitación. Adam trataba de ordenar todas sus ideas, aunque impaciente porque el profesor continuase hablando y así desentrañar el enigma de las falsificaciones. El profesor Duprey dejó que sus alterados colegas discutiesen entre ellos y buscasen posibles explicaciones al misterio, seguro de que ninguno daría con la clave, pues él mismo, el más versado en la materia, había dado con ella de pura casualidad.

—Está bien, señores. Ruego su atención. —El Dr. Duprey trató de calmar la excitación de los presentes acompañando sus palabras descendiendo los brazos lentamente y con las manos extendidas. —Voy a explicarles cómo ocurrió todo, si me lo permiten. Algunos pudieron leer el informe de mi expedición de mil novecientos ochenta y nueve a la cuenca del Amazonas. Fui porque, iluso de mí, creía que este volumen, —alzó el primero que había sacado del maletín, —se trataba del único y, por tanto, del original. Por culpa de ello perdí buena parte de mi tiempo y apoyos entre la comunidad científica, por no mencionar mi patrimonio. No fue hasta un año después, durante un viaje a México, cuando hallé este otro supuesto original. —Mostró a todos el tomo restante. —Fue entonces cuando me di cuenta, porque anteriormente no había tenido ni la picardía de pensar en ello, que la leyenda del tesoro de las Llanganates podía haber sido tan tergiversado como… la historia del rey Arturo, por ejemplo.

La introducción que el Dr. Duprey acababa de hacer no había hecho más que intrigar a los invitados, especialmente a Adam, quien se sentía muy afortunado de poder estar en una reunión en la que estaba recibiendo una clase magistral de arqueología inca.

—No voy a extenderme mucho más, —el Dr. Duprey comenzó a preparar el proyector de diapositivas mientras continuaba. —Solo añadiré que localicé el original. —Con esta última afirmación el público prorrumpió en comentarios de asombro e incredulidad, intercambiando teorías recién formuladas para dar un sentido a lo que su colega estaba diciendo. —Sí, el original. Me ha llevado mucho tiempo y mucho dinero, pero por fin lo tengo.

—¿Y cómo sabe profesor que se trata del original y no de una burda copia? —A Adam le hubiese gustado mucho formular esa misma pregunta, pero uno de los allí presentes se le adelantó gracias a la timidez del muchacho.

—A través de un conocido contacté con una persona que podía localizar el original, o al menos un tomo igual pero con información ligeramente distinta, la cual pudiera conducirme a la posición en la que ahora me encuentro.

La comunidad científica consideraba la obra de Valverde los desvaríos de un demente influenciado por algún alucinógeno de la época, y el hecho de pensar en un original de un valor intrínseco tan alto como para contener la localización de un tesoro legendario, era algo que a nadie, salvo al esperanzado Dr. Duprey, se le hubiera pasado por la cabeza. Todos estos pensamientos colectivos fueron interrumpidos por la pregunta que formuló un miembro del Departamento de antropología, el profesor Paul Bishop. Sentía curiosidad por saber cómo Duprey había conseguido el ejemplar supuestamente original, y cómo sabía que era tal.

—Respecto a cómo lo obtuve no puedo decirlo, —respondió el Dr. Duprey refiriéndose al libro en cuestión. —Tuve que recurrir a medios no precisamente legales, y he de confesar que las consecuencias no han sido las que me hubiesen gustado, pero puede que gracias a ello esté a un paso de devolver al mundo un tesoro que el mismo dios Amaru escondió. Y respondiendo a su segunda cuestión, le diré que el aspecto del libro denotaba una antigüedad natural, mayor que la de la copia. Además, en él había detalles que, a pesar de no ofrecer nada nuevo, no aparecían en las copias. Como por ejemplo que Rumiñahui fue quien condujo a su pueblo hasta las Llanganates y ocultó el tesoro guiado por Amaru. Y por lo visto el dios emplumado es quien protege el tesoro para que… —el Dr. Duprey hizo una larga pausa mientras se colocaba unos guantes y buscaba en el maletín otro tomo algo más grueso y antiguo, aunque más cuidado, que los anteriores. Los asistentes esgrimieron un gesto de admiración cuando lo vieron, algo que no detuvo al afortunado profesor, quien buscó una página en concreto y leyó en castellano antiguo: —…sus hijos puedan recurrir a él cuando haya llegado el momento de reclamar lo que les pertenece.

Aquella frase enigmática podía referirse a la promesa de una resurrección futura o una tierra prometida más allá de la vida, tal y como los egipcios hicieron acumulando tesoros y otros bienes para la vida después de la muerte. Claro que, según el Dr. Duprey, la importancia de aquella frase no era su significado, sino más bien el hecho de aparecer en un libro distinto pero con el mismo título que los que había mostrado a sus invitados. El libro en cuestión era de tapas gruesas y verdes, con manchas que claramente habían sido tratadas para retirarlas. Duprey lo conservaba en un trozo de tela gris, manipulándolo cuidadosamente con sus manos enguantadas. —Este libro lo leí y comparé con las copias hasta en tres ocasiones, hallando nada más que pequeñas diferencias. Pero en la cuarta intentona tuve la fortuna de que se produjese un apagón en esta parte de Arkham. Impaciente, no acudí inmediatamente a encender el generador de la casa, sino que cogí el candelabro de mi escritorio y lo usé por primera vez desde que lo adquiriese en una tienda de antigüedades de Boston. Se imaginarán ustedes mi sorpresa cuando, al echar un vistazo a una hoja plegada y en blanco que no parecía contener nada, ¡vi a contraluz un mapa dibujado a mano! ¡Tal vez por la mano del propio Valverde! El manuscrito era falso, pues en aquella hoja había una especie de guía escrita por una mano muy distinta a la del manuscrito. Aquel era el auténtico derrotero, una sencilla carta camuflada por algún oscuro propósito en un libro sin indicaciones verdaderas.

El docto grupo prorrumpió en comentarios. Discutía la veracidad de la historia del profesor Duprey, pero no había mayor prueba que el respaldo económico de la universidad, la cual, en otras décadas, había llegado a montar una expedición a la mismísima Antártida, cuando el hombre no sabía absolutamente nada de aquella inhóspita y fría región, tan aislada del mundo que no parecía formar parte de éste. Vincent Duprey puso fin a la discusión continuando con su relato.

—El mapa se lo mostraré en una diapositiva, —Adam se frotaba las manos, deseoso de ver las imágenes del lugar al que no había podido ir junto a la expedición. —Así como algunos tramos de nuestro viaje y de la estructura. —En la mente de los asistentes se dibujaron mil formas distintas al escuchar la palabra “estructura”; incluso los que no creían en la existencia del tesoro, trataban de concebir un último reducto chavín perdido en el espesor de la jungla.

El Dr. Duprey se situó junto al proyector. Junto a él había un objeto envuelto en tela roja que había sido ignorado por todos hasta que se dieran cuenta de que el profesor gustaba de conservar los objetos valiosos en tela. De todos modos permanecería en el misterio, porque el profesor Duprey se dedicó a insertar el carrete con las diapositivas en el proyector, solicitando a uno de los invitados que desenrollase la pantalla que se encontraba al fondo de la sala. Con el silencio que se hizo justo en el momento antes de apagar las luces, se pudieron oír algunas risas procedentes del salón contiguo. Ignorándolas, Duprey presionó el botón rojo del proyector, apareciendo la primera imagen en la pantalla.

Se trataba de un mapa dibujado a mano, bastante tosco a decir verdad. Era un mapa en español que representaba una zona de Ecuador difícil de contrarrestar con mapas actuales, con indicaciones más propias de un corsario que algo geográficamente exacto. De acuerdo con el profesor Duprey, las indicaciones de los nativos y aquel mapa posibilitaron la localización de la supuesta localización del legendario tesoro de las Llanganates. Como ya hiciera meses atrás ante el consejo universitario, el profesor Duprey explicó minuciosamente el itinerario, el cual se haría público próximamente en un informe, con mayor detalle en esta ocasión por el hecho de haberlo recorrido. Adam escuchaba atentamente cada indicación, cada detalle y hasta la más absurda de las anécdotas que el arqueólogo intercalaba para amenizar.

Al parecer, el punto civilizado más cercano al paso de las Llanganates, como el profesor Duprey había denominado a un estrecho camino no transitado por bípedos durante siglos, partía de la ciudad de Ambato. El viaje fue realizado remontando un río en varios botes, transportando equipo diverso y a los miembros de la expedición que, por cierto, aún permanecían allí bajo la dirección de la mano derecha de Vincent Duprey, el estudiante graduado Malcolm Baxter, un prometedor arqueólogo e historiador. La siguiente diapositiva mostraba al grupo expedicionario contento junto a unos botes algo rudimentarios, equipo y unos cuantos guías.

Las diapositivas fueron pasando, mostrando en su mayor parte paisajes sin importancia. Las más impresionantes eran aquellas en las que podía verse la cordillera de las Llanganates a pie de ésta, y también las que ofrecían una vista de todo el valle desde una altura bastante considerable. Pero el Dr. Duprey se detuvo en una en la que no se veía nada más que vegetación, montones de lianas colgando y formando una espesa y verdosa cortina.

—Ese es el paso, —señaló Duprey. —Tuvimos que abandonar los botes para proseguir a pie durante varios kilómetros, justo hasta la cabeza de serpiente. —Una nueva diapositiva dejaba ver una de las tocas que forman las Llanganates y que, según los del lugar, tenía forma de cabeza de serpiente. A los asistentes les costaba distinguir los rasgos de un reptil en ella, aunque cabía la posibilidad de que la erosión dejase una roca prácticamente roma. —No me extraña su asombro, pues les confieso que a mí me pasó lo mismo. Solo un puñado de indígenas conoce esa roca con el nombre que le da el libro. Dimos muchas vueltas antes de llegar a la conclusión de que tenía que serlo, y toda esa vegetación no resultó de ayuda, precisamente.

Unas cuantas diapositivas más mostraban el angosto y tortuoso paso por el que tuvo que penetrar la expedición. —Daba la sensación, cuando salimos de toda aquella marea verde, que estábamos entrando en otra dimensión, en otro plano de existencia. Allí, entre las montañas, había un claro húmedo y fangoso, lleno de charcas, trepadoras, lianas y… una estructura.

El ‘clic’ del mando del proyector volvió a sonar, y en la pantalla apareció la imagen de un paisaje verde y marrón, rodeado por un anillo rocoso, con un techo de frondosos árboles cubiertos de enredaderas. Daba la sensación de que llovían plantas, una capa protectora que ocultaba algo que el profesor Duprey estaba a punto de revelar. Se dirigió a la pantalla y dibujó con un dedo la silueta de una pirámide que ninguno de los asistentes había logrado discernir. —Nosotros tampoco la vimos, —confesó Duprey, —y eso que estábamos allí.

No esperó a más comentarios y aprovechó la concentración de todos los presentes para volver a utilizar su dedo y dibujar unas líneas verticales. —Columnas. —declaró. —Entre la vegetación podrán apreciar una pirámide escalonada de base rectangular; posee una altura aproximada de cincuenta y cinco metros. Está hecha de piedra del lugar, y las pruebas indican que data del siglo XII, una fecha muy anterior a la llegada de Pizarro. —A continuación el profesor Duprey puso una diapositiva en la que podían verse algunas ruinas y columnas dispuestas circularmente alrededor de una charca.

—Suponemos que estas estructuras servían para preparar los sacrificios, así como para celebraciones anteriores o posteriores a los rituales que allí se celebraban. Además… —cambió de diapositiva, —aquí vemos unos restos de adobe y madera que indican la presencia de unas pocas chozas. Tal vez para aquellos encargados de custodiar todo el complejo.

A continuación puso otra diapositiva en la que se podía ver la grisácea y desgastada pirámide desde abajo. Una vez más, el profesor Duprey tomó la palabra.

—Aquí pueden apreciar un desgaste poco importante, porque este pequeño valle interior está protegido por un anillo de montañas. Sin embargo, en las épocas de lluvia este lugar puede llegar a inundarse, porque no existe un punto de evacuación. De ahí la presencia de tan asfixiante vegetación y de un mayor desgaste en la base que en la cúspide.

—Tras varios análisis determinados que la pirámide, o más bien zigurat, es un ushnu, cuyo nombre significa “sitio donde se filtra el agua”. Llegamos a esta conclusión por su tamaño, su disposición y por tener un altar donde realizar sacrificios. Aunque éste fuese desproporcionalmente grande. —En la imagen siguiente apareció un altar de piedra bastante grande, de aproximadamente cinco metros cuadrados, tal y como anunciaba el arqueólogo. No obstante, a uno de los presentes le daba la sensación de que aquello tenía más bien pinta de asiento, y así se lo hizo saber al resto.

—Cierto, —afirmó Duprey. — Nosotros también vimos allí arriba estas depresiones y desniveles en la parte posterior y en los laterales. —Delimitó con el dedo los puntos a los que hacía referencia. —Además vimos esto.

Tras un par de diapositivas más del altar desde diferentes ángulos apareció la de unos escombros justo detrás del mismo.

—Se tratan del respaldo y los reposabrazos de ese gigantesco trono.

Todos cuantos había en aquel salón se pusieron a discutir entre ellos, comentando la incongruencia de un trono así, algo nunca visto. De igual modo, si se trataba de un altar, era muy distinto de cuantos se conocía, ni en la arquitectura inca ni en ninguna otra de todo el globo. Adam, por su parte, se mantenía expectante por cuanto el profesor Duprey tenía que explicar, y esperaba que el misterio quedase resuelto satisfactoriamente.

—Recogimos cuidadosamente las rocas y las catalogamos para reestructurar de algún modo aquel salomónico trono. El señor Pedro Ramírez, representante del gobierno en materia arqueológica y encargado de tramitar todo hallazgo, dio el visto bueno para proceder con la excavación una vez que reunió los documentos legales necesarios. No fue hasta entonces cuando nos pusimos en marcha.

Uno de los asistentes, el profesor de historia Hubert Hamilton, puso de manifiesto su entusiasmo felicitando a Vincent Duprey antes de que éste acabase su presentación. Sin duda, el hallazgo de aquel lugar, independientemente de si contenía un tesoro o no, era todo un logro en sí, porque si se confirmaba la datación, habría que revisar toda la historia de los pueblos indígenas de aquella época.

Como si hubiese estado esperando un comentario así, el profesor Duprey añadió: —Tal vez las inscripciones que encontramos bajo la pirámide les generen más dudas en sus ya sobrecargadas mentes.

El proyector volvió a pasar imágenes, esta vez de diversos miembros del grupo, como Viola Daniels, la geóloga, los ya mencionados Baxter y Ramírez, y un guía llamado Ramón. En otras aparecían las frondosas ruinas que rodeaban a la pirámide.

—En efecto, señores, —el arqueólogo retomó la palabra cuando llegó a la diapositiva que buscaba. —He dicho bajo la pirámide porque debajo hay una serie de túneles y cámaras cuyo propósito desconocemos. No obstante, terremotos, inundaciones y otros fenómenos han derrumbado buena parte de la estructura subterránea. He ahí el motivo de mi regreso, para obtener más fondos y maquinaria para poder abrirnos paso hasta el resto de cámaras sin que tengamos que lamentar daños ni heridos. —En las imágenes podían verse cascotes apilados bloqueando varios túneles. —Y respondiendo al comentario del profesor Hamilton… sí, creo que es más antigua por las inscripciones.

Con la palabra “inscripciones” se volvió a armar cierto revuelo en el comedor.

—No, no especulen, —callaron todos de repente, —sé que no son aztecas, incas, toltecas ni nada que se le parezca; ni siquiera constelaciones… he pensado en ello. Afortunadamente creo que encontré una especie de piedra de Rosetta que podría ayudarnos a descifrarlos.

El profesor cogió por fin el objeto envuelto en la tela roja. Se trataba de una losa de piedra de forma vagamente ovalada y con unos grabados en la superficie. Su tamaño era algo menor que el de una tapa de alcantarilla, y pesaría no más de tres kilos. Por su contorno parecía haberse desprendido de algún sitio. mostró orgulloso aquel artefacto a sus invitados. Adam, aficionado a la criptología, lo analizó rápidamente, distinguiendo doce signos perfectamente dispuestos alrededor de un decimotercero, como si de un reloj de extraño diseño se tratase. Uno de los presentes, el geólogo David Stephens, solicitó a Duprey examinarla por encima. Pesándola con sus propias manos y estudiando la superficie, manifestó que se trataba de diorita, más propia de la región peruana.

—Aparte de la escritura, —dijo el profesor Duprey volviendo a tomar la losa, —lo anguloso de su forma es otro motivo por el cual no decidí dar parte de su descubrimiento al señor Ramírez ni a las autoridades del país. He preferido traerla clandestinamente a Estados Unidos para descifrarla por mi cuenta.

Los allí congregados se dividieron entre los que consideraban aquello una ilegalidad innecesaria y absurda, y los que veían en aquel acto una consecuencia lógica y un acierto dada la burocracia y gobiernos de los países del sur. Adam, por su parte, no pensaba en términos legales ni en metales, sino en cómo pedir al profesor que le permitiese estudiar aquellos signos.

Con esta última discusión acabaron las disputas; el profesor Duprey apagó el proyector, y todo el comedor comenzó a intercambiar impresiones, exceptuando Adam, que estaba absorto recordando los signos y entusiasmado con la idea de poder tener acceso a la losa para, ¿quién sabe?, tal vez descifrar un código o lengua desconocida para la ciencia histórica. Tan sumergido estaba en sus pensamientos que no advirtió que la puerta de doble hoja que comunicaba con el salón se había entreabierto.
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Re: La era de Mappo

Notapor Abdul Alhazred el Mar Mar 16, 2021 10:29 pm

Voy a copiar el texto y lo paso e Epub para así no tenerlo que leer desde la pantalla del ordenador y hacerlo más tranquilamente desde la tablet.

Ya te digo más adelante. ;)
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Re: La era de Mappo

Notapor Sconvix el Dom Mar 21, 2021 5:34 pm

II

Entre las puertas asomaba la cabeza de Jason Burke, un estudiante de química de último año y asistente de laboratorio en la universidad. Él y Adam eran muy amigos porque llevaban dos años compartiendo cuarto en los dormitorios del campus. Ambos provenían de familias modestas, y coincidían bastante en gustos cinematográficos, es decir en películas de terror y ciencia ficción de serie B.

Adam se acercó a la puerta para ver qué quería Jason. Éste le comentó: —Deberías venir un rato, ha sido muy divertido.

Jason tenía un concepto de diversión distinto al de Adam, siendo el primero más jovial y dicharachero y el segundo más serio y centrado.

—Hay una chica, —prosiguió el futuro químico, —que es psicóloga. Se ha puesto a hipnotizarnos, pero la verdad es que solamente ha podido con uno de los cuatro con los que ha probado. Eso sí, al que ha hipnotizado lo ha obligado a hacer de todo. Menuda risa.

Adam recordó entonces las risas que habían interrumpido ocasionalmente la exposición del profesor Duprey.

Jason le insistió en que pasara al otro lado del umbral, y Adam, viendo que el profesor estaba ocupado contando anécdotas e intercambiando impresiones a nivel más privado, decidió acompañar al resto de estudiantes; después de todo, había sido Patricia Duprey quien le había invitado.

En el espacioso salón, adornado de modo similar que el comedor y el resto de la casa, pero con mil y una piezas de diferentes puntos del globo, había aproximadamente una veintena de chicos, la mayoría miembros del famoso Club Sunday al cual la caprichosa Patricia quería pertenecer. Adam no conocía prácticamente a nadie, solamente a dos compañeros de la facultad. Casi todos los demás eran miembros de dicho club y de un estatus social bastante elevado. Él se sentía como si estuviese haciendo bulto, y aunque Jason también tenía el mismo papel, en cuestiones de fiesta…

Por los comentarios Adam dedujo que la psicóloga que le había mencionado Jason, llamada Sally Garfield, quien acababa de regresar de La Sorbona donde había estado trabajando bajo las órdenes del Dr. Louis Jadot, había tratado de hipnotizar a algunos de los presentes. Con Patricia y otros dos no tuvo éxito, pero con Nils Lindstrom, estudiante de económicas de tercer año, rubio, alto, de ojos claros y bien parecido, tuvo un éxito rotundo. Los allí reunidos se reían recordando cómo Sally había obligado a Nils a comportarse como un chimpancé, a tumbarse en el suelo y a sufrir una regresión mental a la niñez. Nils salió del trance sin recordar nada de lo sucedido, y Sally estaba contenta de haber dado con una persona tan receptiva mentalmente dentro de tan variopinto grupo.

La cosa podría haber acabado ahí, y Adam hubiera podido volver a unirse al grupo de profesores y hasta a ofrecer sus servicios como criptólogo al Dr. Duprey. Sin embargo, la anfitriona propuso un nuevo juego. El espiritismo, el esoterismo y la tabla ouija estaban de moda, y Patricia llevaba tiempo queriendo llevar a cabo una sesión en serio, y así tal vez impresionar a quienes tenían que abrirle las puertas del Club Sunday. Ella y unos cuantos elegidos, Sally entre ellos, y Jason que se apuntaba a todas, se sentaron alrededor de una mesa redonda próxima a un rincón cubierto por estanterías con libros. El resto se repartió entre el cómodo sofá de cinco piezas en forma de L, los sillones Luis XV y una mecedora que había visto tiempos mejores y pertenecido a la madre del doctor; otros se quedaron de pie y unos pocos pegaron sus asientos a la mesa en la que tendría lugar el ritual.

Mientras todos se repartían por el salón Adam se dio una vuelta por la estancia cotilleando los títulos de los libros y las reliquias metidas en vitrinas. La mayoría de títulos tenían que ver con la arqueología, sobre todo la relacionada con las culturas precolombinas. Se trataba de una colección muy completa: mapas, historia, folclore, arte, interpretación, etcétera. Y entre los objetos también una mayoría sudamericana. Representaciones algo toscas y supuestamente originales del dios serpiente Quetzalcóatl, el dios maya de la sabiduría Itzamná, el creador inca Viracocha, o Inti, dios del Sol y asistente personal de Viracocha, su padre.

Mientras Adam se entretenía de este modo, la supuesta invocación tardaba en ser tomada en serio, o por lo menos costó que la gente dejase de hacer comentarios jactanciosos. Adam, guardaba silencio, deseoso de que aquella absurda pantomima acabase cuanto antes, incrédulo con respecto a sus efectos. Patricia se erigió como portavoz y guía de la ceremonia, ordenando a los demás apagar la luz y encender unas velas para “crear ambiente”. Ella misma se autoproclamó enlace psíquico con el más allá. La única luz que quedó encendida, cosa que fastidió un poco a Adam, pues se encontraba en su salsa analizando las figuras, fue la de un candelabro situado en el centro de la mesa, cuyas llamas se mecían ocasionalmente con la voz de la Srta. Duprey.

—Ven a nosotros. Manifiéstate. Danos una señal… —eran las frases que más salían de la boca de Patricia. Pero su actuación era tal, que los espectadores se mantuvieron en silencio e incluso se impresionaron con la representación de la chica. Adam se figuraba que su amigo Jason estaba partiéndose de risa por dentro, y que hacía un gran esfuerzo por no estallar en carcajadas. Cuando parecía que la mayoría se lo tomaba en serio, una brisa primaveral entró por la ventana que había próxima a la mesa, meneando las cortinas y apagando las tres velas sostenidas por el candelabro dorado. Se pudo oír más de un grito corto y agudo de sorpresa, pero nada más. La luz de la Luna permitía distinguir la silueta de cuantos rodeaban la mesa, dándoles un tono azul grisáceo, casi cadavérico, a sus rostros.

De pronto, uno de los que estaban junto a la mesa pero que no formaba parte del círculo invocador, comenzó a temblar, a sufrir unas pronunciadas convulsiones. Todos se alarmaron al ver a uno de ellos aferrarse a la silla en la que estaba sentado, como intentando detener el temblor involuntario. Las patas de la silla golpeaban con estruendo el suelo de parqué, provocando un sonido que reverberaba por todo el salón y que, sin duda alguna, calló a los eruditos que intercambiaban pareceres al otro lado de las gruesas puertas de roble.

Aquella escena duró unos instantes nada más. La figura cayó al suelo, aún aferrada a su silla. El pánico invadió a todos. Las puertas del comedor se abrieron, y el haz de luz que penetró en la estancia alumbró cual foco de escenario al desdichado Nils.

Los profesores entraron presurosamente preguntando por lo sucedido. Uno de ellos tomó el pulso a Nils, determinando que había sufrido un desmayo, aunque no podía establecer la causa ni concretar nada más acerca de su estado. Algunas conocidas de Patricia echaron a llorar.

El propio profesor Duprey se encargó de llamar a una ambulancia, la cual tardaría unos veinte minutos en llegar. Durante ese intervalo los profesores preguntaron a los chicos por lo sucedido, llegando a la dudosa conclusión de que Lindstrom había sufrido algún tipo de estrés, miedo o dolor, aunque nadie sabía si él padecía de dolencia o enfermedad alguna.

Cuando llegaron las asistencias se llevaron al joven estudiante, quien fue acompañado por uno de los docentes. Aquel fue el fin de la fiesta, y los invitados empezaron a desfilar por la puerta delantera una vez calmados los ánimos. Fue en ese momento cuando Adam, con un objetivo en mente desde que fuese invitado, abordó al profesor Duprey para ofrecerle sus servicios.

—Disculpe doctor. —El tono del estudiante era comedido y respetuoso. —Como usted bien sabe asisto a sus clases, aunque no últimamente… claro está. —Esbozó una sonrisa para dar a entender la gracia detrás del comentario. —Además, estudio criptografía por mi cuenta, y para mí sería un placer poder poner a prueba mis conocimientos intentando descifrar esas… runas, llamémoslas así, que hay en la placa que nos ha enseñado antes. Eso sí, necesitaría ver más muestras, otras inscripciones similares…

Lo que Adam quería en el fondo era poder formar parte de la expedición que tan importante hallazgo había realizado. El profesor Duprey le prometió pensárselo, pero que en ese momento debía concentrarse en la manera de obtener los fondos necesarios para limpiar de escombros los túneles bloqueados. También le prometió que, si se daba el caso, le enviaría imágenes de otras inscripciones que encontrasen.

Tremendamente decepcionado, Adam subió al coche de Jason Burke y juntos se dirigieron al campus. Uno pensaba en la negativa, el otro en la autenticidad de lo sucedido.
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Re: La era de Mappo

Notapor Sconvix el Dom Mar 28, 2021 3:25 pm

III

Adam Fitzgerald pasaba una hora libre rebuscando en la biblioteca de la universidad algún dato que apuntase a una relación de las runas que viese en la placa del profesor Duprey con alguna lengua antigua del continente americano. Pasando páginas de códigos y matemáticas aplicadas a la criptología, en una sala de lectura donde el único ruido era el ocasional caminar de un usuario o un bibliotecario, Adam pensaba en que había perdido la oportunidad de unirse a la expedición, pues habían pasado veinte días desde que el Dr. Duprey partiera nuevamente para Ecuador. Continuaba pues lamentándose por no haber sido admitido en su equipo, y su única esperanza de ser tomado en serio era descifrando los códigos.

Lo cierto era que no había tenido tiempo de analizar debidamente los signos de la placa. Por lo que podía recordar del vistazo que pudo echarle en la distancia, aparte del número de símbolos, la escritura le resultó bastante curva y sinuosa, aunque con cambios tremendamente sutiles. No le cabía duda de que aquello representaba todo un reto, y estaba deseando poder afrontarlo.

Esa mañana Adam se daba perfectamente cuenta que la cantidad de asistentes a la biblioteca, así como el movimiento por el campus, había caído sensiblemente. De hecho, el ambiente se había enrarecido últimamente. El horario de cierre de los dormitorios se estaba respetando más que nunca, las reuniones en las fraternidades eran menos concurridas, y en los pasillos se guardaba más silencio. Ello no podía deberse únicamente a la proximidad de los exámenes de primeros de mayo. Aquel cambio lo habían producido dos homicidios en apenas dos semanas: el de una empleada del comedor universitario, y el de la hija de un cura local. Como consecuencia del primero la presencia policial había aumentado en el campus. Aquella era cuanta información manejaba Adam, pues su preocupación era otra, estaba obsesivamente concentrado en su cometido. Hasta que apareció Burke con un periódico…

—¿No has leído el periódico de hoy? —le preguntó el futuro químico muy excitado.

Adam meneó la cabeza negativa y calmadamente, algo que irritó en cierto grado a su compañero de habitación.

—Dime si reconoces al de la fotografía.

Jason puso encima de la mesa de lectura en la que se encontraba Adam un ejemplar del Arkham Advertiser en cuya portada aparecía a todo color una turbadora noticia. Pero los ojos de Adam no pudieron si quiera posarse sobre el titular, sino que se fijaron en la imagen, esbozando una muesca de grotesca repugnancia, miedo y horror. En la fotografía podía verse un vigilante de seguridad al que una persona, Nils Lindstrom, le arrancaba el brazo izquierdo de cuajo. Pero lo peor no era eso, lo peor y más terrorífico de todo era una especie de superposición encima de Nils, una criatura humanoide, pero al mismo tiempo reptil. De fauces enormes, largos colmillos, garras curvadas y lengua bífida. Estaba erguida sinuosamente sobre sus miembros anteriores, totalmente carente de pelaje alguno. La mera imagen desprendía maldad, y su posición era exactamente la misma que la de Nils.

—¿Pero esto qué es? ¿Un error de imprenta? —El grito pavoroso de Adam excedió los decibelios habituales en una sala de lectura.

Jason se preocupó al ver a su compañero pálido, sudoroso y demasiado asustado ante una noticia de un robo e intento de homicidio, a pesar incluso de reconocer al presunto perpetrador que aparecía en la imagen.

—Pero bueno, ¿qué te ocurre? —Jason reaccionó en voz más baja.

—¿Es que no lo ves? ¿No ves esa asquerosa serpiente que hay justo por encima de Nils? —A Adam le costaba describirla mejor.

Jason volvió a coger el periódico, buscando en su sana ignorancia un ofidio por ahí suelto que él no había visto antes. Escudriñó la portada y volvió a preguntar a su amigo por la supuesta serpiente.

El resto de usuarios protestó por el escándalo que aquellos dos desconsiderados estaban formando. El estudiante de química, algo más frío y sereno, tomó a su amigo por el jersey y tiró de él hacia fuera. Una vez en la calle le pidió explicaciones.

—Ha de tratarse de un error. —Adam buscaba una causa lógica. —Seguramente la imprenta superpuso la imagen en este ejemplar.

Se puso a pasar páginas buscando el origen del fallo mientras Jason seguía sin distinguir nada en absoluto, algo más preocupado por la salud mental de su amigo.

Al no encontrar nada, Adam se fue con el periódico a la primera persona que vio por allí, preguntándole qué veía. Se desesperó al comprobar que su encuestado se encogía de hombros y describía la imagen tal y como Jason la había visto.

Tratando de calmarse, Adam se sentó en los escalones de mármol blanco del edificio de la biblioteca. Jason se quedó de pie, analizando sus reacciones. La noticia narraba un atraco en el Primer banco nacional de Arkham, el asesinato de su director, el Sr. Benton Charles Dank, y el desmembramiento de un vigilante de seguridad en la tarde de ayer. Los detalles del caso eran tan sumamente espantosos, que la Policía no había emitido todavía una declaración oficial.

Cuando Adam terminó de leer la noticia por encima, frente a él vio pasar a un par de agentes de Policía acompañados de dos tipos vestidos con gabardinas. Poniéndose en pie de un salto, se acercó a ellos.

—Disculpen…
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Re: La era de Mappo

Notapor Abdul Alhazred el Lun Mar 29, 2021 11:08 am

Muchas gracias, procesando el material para el Epub. ;)
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Re: La era de Mappo

Notapor Sconvix el Dom Abr 04, 2021 4:28 pm

GLENN MOORE

I

—Glenn, ¿quién coño tiene un altar de piedra en mitad del jardín de su casa? —Dos figuras en cuclillas en una habitación en penumbra, ambas observando a través de una ventana, automáticas en mano.

—Calla Harvey, —respondió susurrando la otra figura.

Al otro lado del cristal un patio bastante amplio, con un caminito adoquinado de piedras grises que partía de la puerta trasera de la casa, avanzando hasta el centro, donde descansaba una roca sin tallar, sin adorno ni grabado alguno. El resto del suelo era césped, con un cobertizo al fondo, una mesa rodeada por cuatro sillas blancas para el té, todo ello cercado por una hilera de abetos que corría en paralelo a un alto muro de piedra rematado por puntas de hierro y cámaras intercaladas. Y allí reunidas trece personas, entre ellas al senador Albert Benson y su esposa, Margaret, los propietarios de la mansión. Todos iban vestidos con trajes caros, algo muy habitual entre la camarilla política, salvo un hombre anciano, un tal Curwen, el cual llevaba una túnica blanca algo sucia y raída sobre unas ropas más propias de un granjero que de un senador.

Harvey y Glenn eran detectives del Departamento de policía de Nueva York, y sus pesquisas les habían conducido a investigar al senador Benson, un serio candidato a la presidencia de Estados Unidos en las próximas elecciones. Y ahora tenían la oportunidad de ver con sus propios ojos lo que aquel partido demócrata pretendía, cuáles eran sus auténticas bases y qué había detrás de tan repentino apoyo.

Todo el caso se estaba investigando porque un periodista, Jack Phillips, había conseguido unos soplos acerca de Albert Benson relacionados con unos líos de faldas. Desgraciadamente, lo que llegó a averiguar conllevó su desaparición, y con ella se abrió una investigación. Así que, a poco menos de un año para las elecciones presidenciales, el candidato con mayor tirón en las encuestas estaba siendo objeto de una investigación policial. No obstante, el personaje más enigmático era ese tal Curwen, quien dos horas antes estuviera dando un elocuente discurso en un bar llamado El antro de Mike, un local de un barrio bajo demasiado destartalado y de poca calidad para una reunión de carácter político.

El grupo parecía relajado, tomando unas copas y aperitivos servidas por unos cuantos criados. La presencia de aquella roca, nada decorativa, asqueaba a la pareja de detectives, quienes permanecían expectantes y en silencio. El plan de salida daba igual, ya se las ingeniarían para evitar llamar la atención, aunque a unas malas podrían tener que arrestarlos a todos. Llegados a ese punto, pedir refuerzos era arriesgado, y más aún sin poseer más evidencias que el enigmático discurso de un anciano demente.

El tiempo transcurrió lentamente para las ya entumecidas rodillas de los dos detectives, cuya atención era tal que ni siquiera pensaron en adoptar una postura más cómoda. De modo casi imperceptible, los criados fueron desapareciendo hacia el interior de la casa uno a uno, quedando únicamente dos en el jardín, posiblemente los más veteranos. Hasta que por fin, el senador Benson silenció a sus invitados para dar inicio a un discurso.

—Conseguiremos aquello que hemos estado persiguiendo estos últimos años, —empezó a decir. —Y lo haremos gracias a la guía del señor Joseph Curwen y a la ayuda de aquellos que moran más allá del firmamento. —Los dos detectives se miraron a los ojos en la oscuridad, compartiendo su incredulidad ante tales palabras. —Pero sobre todo, gracias a un último sacrificio, el cual nos aportará la energía necesaria para dar el último paso… llamarlos.

Harvey y Glenn se quedaron atónitos, absolutamente desconcertados ante el discurso. ¿Qué quería decir exactamente? ¿Cuál era ese último paso? ¿A quiénes iban a “llamar”? Mientras éstas y otras incógnitas rondaban las cabezas de los agentes, los invitados murmuraban entre sí, tal vez haciéndose también alguna de estas preguntas.

De nuevo, bajo aquel cielo nocturno plagado de estrellas, el senador Benson tomó la palabra.

—El sacrificio, en esta ocasión, ha venido a nosotros, voluntariamente; ha sido traído hasta aquí…

En aquel instante los ojos de Glenn se abrieron como platos, comprendiendo esto último, intuyendo cuál era el propósito de la enigmática roca y cuál era el sacrificio… y se quedó horrorizado. Y a pesar de haberlo dilucidado, no tuvo tiempo de reaccionar, ni para girarse siquiera y apuntar con su arma, pues tanto él como Harvey eran reducidos por el grupo de criados que creían haber eludido durante la infiltración y visto marchar minutos antes.

Los dos fueron arrastrados apresuradamente y sin miramientos hasta el patio mientras eran desarmados, incapaces de zafarse. Los allí reunidos les abrieron paso hasta el altar, donde esperaban el anciano y el senador, este último con un brazo extendido hacia las víctimas.

—He aquí el sacrificio, señoras y caballeros, —gritó el senador con fuerza y llego de regocijo, escupiendo cada una de las palabras mientras las venas de la frente se le hinchaban del esfuerzo. El desequilibrado público no rompió en aplausos ni prorrumpió alabanzas, limitándose a exhibir en sus rostros muecas y sonrisas de satisfacción.

Sin más dilación, Harvey fue tumbado boca arriba encima del altar, sujetado por sus extremidades por dos de los más fornidos criados, y su pecho quedó expuesto tras arrancársele la ropa con un salvajismo propio de bestias. Glenn trataba fútilmente de liberarse; tampoco era capaz de apartar la mirada. Curwen cogió un estuche forrado en cuero negro muy desgastado, y de él extrajo una daga de doble hoja y empuñadura plateada, la empuñó con ambas manos y, levantándola cuan largos eran sus brazos, la hundió en el pecho de Harvey.

El grito de la víctima quedó ahogado inmediatamente por su propia sangre, la cual brotó por su pecho desgarrado y ascendió por el interior de su garganta inundando la boca. Pero el grito de impotencia y terror de Glenn reverberó por todo el lugar, aunque eso no fue suficiente para desconcentrar al homicida quien, con la serenidad de una persona que ha realizado sacrificios mil y una veces, volvió a alzar hacia el cielo nocturno la entonces daga ensangrentada, mientras de entre sus arrugados labios salían frases en una lengua desconocida.

Harvey había dejado de vivir; los dos criados ya no tenían ninguna necesidad de sujetar sus extremidades, pues éstas colgaban lánguidamente mientras numerosos hilos de sangre recorrían su piel como si se tratasen de las raíces de un árbol abriéndose paso entre el suelo. El cuerpo de Harvey fue echado a un lado, como el que arroja un fardo de heno. Sin más preparativos, Gleen fue arrastrado hasta el altar a pesar de recurrir a la fuerza que el miedo le proporcionaba, sabedor de lo que le esperaba.

Había llegado su turno. Fue colocado encima del altar ensangrentado y sujetado del mismo modo que su compañero. De sus ojos salían lágrimas que fueron nublando su vista, impidiéndole ver con claridad unas extrañas luces que aumentaban de tamaño en el espacio infinito. Y lo último que distinguió horrorizado fue la daga que Curwen cernía sobre su pecho desnudo porque alguien acababa de abrirle violentamente la camisa; la daga estaba a punto de cobrarse una nueva víctima, una más en una posiblemente extensa lista desde hacía lustros.

Pero aquella daga jamás se posaría sobre su pecho, pues se produjo una detonación, y el arma homicida y el ritual desaparecieron del estrellado paisaje celestial, y con ella las luces. La gente empezó a correr despavorida, entre más detonaciones que Glenn reconoció como disparos de armas de fuego.

Glenn notó que ya nadie lo tenía agarrado, y se dejó caer al suelo, a uno de los lados de aquellas maldita roca, rezando porque los disparos viniesen del contrario. Vio caer a los allí presentes uno tras otro, con impactos certeros en sus cabezas, y a unos pocos intentar saltar los muros de aquel jardín de muerte. Segundos después los disparos cesaron, tampoco se oían carreras. Glenn captó el sonido de unas botas pisando sobre el quebradizo césped, dirigiéndose hacia él.

—¿Dónde está Curwen? ¿Alguno de vosotros ha podido abatirlo?

Era una voz masculina, autoritaria. Glenn se asomó y vio a un hombre vestido con un traje de asalto completo, con una nueve milímetros aún humeante en las manos. Más atrás había dos más vestidos del mismo modo. El que tenía más cerca se aproximó a él, alargó el brazo para ofrecerle su mano y así ayudarlo a levantarse. Fue entonces cuando el detective vio una insignia triangular de color verde en el hombro derecho del traje, la cual desconocía por completo. Ante la indecisión de Glenn, aquel hombre le ordenó: —Levántese, sargento.
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Re: La era de Mappo

Notapor Sconvix el Dom Abr 11, 2021 3:40 pm

II

Arkham, una ciudad estancada en el tiempo, y sin embargo, con vida. Ajena quizás a los cambios de un mundo exterior, con su propio embrujo y, quién sabe, algún misterio oculto en sus buhardillas, sumideros y casas abandonadas.

Glen Moore contemplaba a través de la ventanilla del tren en el que viajaba cómo éste se acercaba inexorablemente a aquella ciudad tan mencionada últimamente en los medios. Sus tejados puntiagudos, sus fachadas de ladrillo y sus deprimentes locales representaban la pura esencia de la vieja Nueva Inglaterra, como si sus habitantes se hubiesen negado a modernizarla, o a ir acorde a los tiempos. Tanto era así, que el mismo tren en el que viajaba parecía no haber sido reemplazado desde la década de los setenta, con el techo marcadamente curvado y numerosas marcas de corrosión en el marco de las ventanillas.

En esos pensamientos estaba sumido Moore cuando su tren se detuvo en la estación de la calle Armitage. La gente abandonaba silenciosamente los vagones, y él esperó un poco a que se despejasen las salidas. En otro tiempo hubiese cogido su equipaje precipitadamente y salido el primero, pero ahora prefería esperar, no competir por salir antes y ser menos impulsivo. Pasados tres o cuatro minutos procedió a levantarse, sacar su maleta del portaequipajes situado por encima de los asientos y dirigirse hacia la puerta.

Cuando saltó al andén el aire de aquella ciudad moribunda le llenó los pulmones, y le resultó profundamente más fresco que el de la gran ciudad. Frente a él, a unos pocos metros, le esperaba un tipo bajito, de nariz aguileña y un fino bigote oscuro que le daba cierto toque elegante. Se trataba de Frank Callaway, inspector de policía de aquella ciudad y antiguo compañero de Moore. Ambos se estrecharon la mano con afecto, pues se conocían desde la academia, cuando aquel hombre, entonces un chaval, le pidiera un bolígrafo. Toda una carrera juntos, en el mismo coche patrulla, las mismas notas y desde hacía dieciséis años, concuñados. Fue cosa del destino que estuviese de baja por un esguince de tobillo cuando lo de Harvey. Nunca antes un partido de baloncesto había resultado ser tan favorable para una persona, y tan desgraciado para otra.

Los dos se encaminaron en dirección al vehículo que Callaway había aparcado allí cerca, con el detective comentando el viaje y el inspector el clima de la ciudad.

—Como ya te comenté este es un caso extremadamente singular, —fue Callaway quien cambió de tema para poner a su amigo al día. —He de confesar que me supera, y con creces. He recurrido a ti porque sé de tus cualidades y de lo que eres capaz, porque estoy seguro de que vas a ver algo que se me ha escapado desde el principio. Por eso te llamé.

Se hizo el silencio. Moore caminaba pensativo, reflexionando, adaptándose a las numerosas sensaciones que le producían aquella ciudad. Callaway continuó.

—De hecho, eres tú quien debería estar en este puesto. No yo. No entiendo cómo no te escogieron a ti, porque no creo que suspendieses el examen técnico, ni mucho menos que te equivocaras en algo.

Moore respondió enseguida. —Tienes el puesto, te lo ganaste, no hay más historia. —Sin embargo, era consciente de que todo le empezó a ir mal desde lo del senador Benson, desde que alguien estampó una delta de color verde en la esquina superior izquierda en un expediente. Pero, afortunadamente, aquello ya acabó; las comunicaciones cesaron, por algún motivo, de un día para otro. Dos años más tarde todo parecía haber vuelto a la normalidad.

Horas después de su llegada, Moore se encontraba en el depósito de cadáveres junto al inspector Callaway. Un celador abrió un cajón mortuorio. Dentro se encontraba el cadáver de una muchacha joven, cubierto por una sábana blanca. En su pie, una tarjeta identificativa. Callaway y Moore, juntos una vez más, miraban impertérritos.

—Se trata de Margaret O’Conner. —Callaway comenzó a dar detalles sin necesidad alguna de sacar una libreta con sus notas, algo que Moore siempre había admirado de él. —Trabaja… o trabajaba en el comedor del campus universitario. Tenía veinticuatro años y era natural de Arkham. Voluntaria de la Iglesia del Sagrado corazón. Huérfana y criada en el Orfanato de Arkham, propiedad de dicha iglesia. Soltera. Su cuerpo fue hallado hace nueve días en las orillas del Miskatonic por una pareja de enamorados. Falleció a consecuencia de una herida mortal.

Callaway retiró la tela y ambos pudieron ver aquel cuerpo sin vida con una única y profunda herida que le seccionaba diagonalmente la garganta. Moore examinó cuidadosamente la herida mientras su amigo le seguía dando detalles.

—Hemos hablado con sus amistades, la mayoría compañeros del comedor y conocidos del orfanato. Vivía en uno de los dormitorios individuales del campus con un alquiler generoso por parte de la universidad.

Moore seguía a lo suyo, con su mirada fija en aquel corte cuyo perfecto trazo dividía en dos la yugular. ¿Un animal? Imposible. Moore pensó en una especie de gancho, como el que usan los carniceros, clavado con fuerza para desgarrar la carne con tal salvajismo.

—Quisiera ver sus pertenencias, —solicitó Moore al celador, quien regresó poco después con una bolsa transparente con unas prendas y objetos que habían sido encontrados en el cuerpo.

En un sobre color manila adherido a la bolsa estaban los resultados de la autopsia. En ellos quedaba certificado que toda la sangre presente pertenecía a la difunta, y tampoco se llegaba a ninguna conclusión acerca del arma homicida. Moore leyó detenidamente aquel documento, echando un vistazo de vez en cuando al cadáver. Luego abrió la bolsa y vació su contenido en una mesita metálica que había junto a la puerta. Ropa, un bolsito pequeño lleno de cosméticos, una cartera con el carné de identidad, algunos billetes y una tarjeta de crédito, y un colgante dorado con una cruz ensangrentada.

—El colgante lo encontramos a unos cinco metros del cadáver, roto, como si lo hubieran tirado. Hemos confirmado que pertenecía a la víctima. Fue un regalo del orfanato.

Moore llegó rápidamente a una conclusión. —Tenía una cita.”

Callaway se quedó perplejo, desconcertado y a la vez deseoso de saber cómo había llegado a esa conclusión, y por qué estaba tan seguro.

—La chica era devota, —procedió a explicar el detective. —Esta ropa es algo más llamativa de la que usaría una chica como ella. Fue encontrada en un punto del río donde, deduzco, acuden las parejas para tener… privacidad. El asesino, pues supongo que se trata de una sola persona, la sedujo de alguna manera, y la mató por puro placer de matar, ya que salta a la vista que el robo no fue el motivo. Lo extraño es la ausencia de huellas en el cuerpo; además, según el informe que leí antes, el barro había borrado cualquier pisada.

Aquella teoría parecía firme, pero aún quedaban las incógnitas del colgante y del arma homicida. Así que Callaway se dirigió hasta otro cajón, tiró de él y apartó la tela. Dentro se encontraba el cadáver de otra chica, más fresco, de aproximadamente la misma edad que la anterior, y con el mismo corte en la garganta.

—Esta es Loretta Swift, hija de un sacerdote baptista. Tenía diecisiete años, y por lo visto su madre la mandó a comprar pescado el día que desapareció. Nunca llegó a la tienda.

Moore fue a echar un vistazo al cadáver. Callaway le entregó los informes policiales del detective Carlton Bleetz y los resultados forenses.

—Esta chica falleció anteayer, —aclaró el inspector

Moore examinó el cuello de la víctima. —¿Llevaba crucifijo? —preguntó.

Su amigo le respondió que había reparado en ello, y preguntado a los padres. Al parecer solía llevar uno de madera con un cordón negro, pero no fue encontrado cerca del cadáver.

El detective tomó la decisión de volver a interrogar a familiares, amigos y compañeros de las víctimas, de que visitaría las dos escenas de los crímenes y que leería los informes. Pero, sobre todo, trataría de averiguar qué arma podía hacer causado tales heridas. Aunque se figuraba un gancho de carnicero, la fuerza necesaria para desgarrar prácticamente todo el cuello sin desviarse, debía ser tan precisa como descomunal.
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Re: La era de Mappo

Notapor Sconvix el Dom Abr 18, 2021 3:47 pm

III

—¡Glen, Glen! ¡Despierta! —Moore abrió sus fatigados ojos para ver a su amigo Frank entrando por la puerta de su dormitorio improvisado. —Se ha producido un robo en un banco, hay un muerto y un herido de gravedad.

Moore se incorporó en el sillón, apartando las notas escritas de su puño y letra así como numerosos informes oficiales y recortes de periódico que tenía en su regazo.

—¿Y en qué nos concierne a nosotros… bueno, a ti?

Callaway le explicó que el director del banco en cuestión, Benton Charles Dank, había aparecido muerto en la bóveda del Primer banco nacional, con la misma herida en la garganta que las dos chicas asesinadas en aquellos últimos días.

Moore se levantó, olvidando la pesadez de haber pasado la noche sentado, y salió disparado hacia la puerta con la misma ropa con la que había estado durmiendo unas tres horas. Juntos abandonaron la casa de Callaway y se subieron al Mercedes del inspector, rumbo al 150 de la calle Hyde.

De camino al banco Moore fue preguntando a su amigo acerca de los hechos relacionados con el atraco. Según Callaway, que no manejaba toda la información, el robo se había producido a primera hora de la mañana. Uno de los empleados fue quien encontró al director en la bóveda rodeado de sangre. Algunas cajas de seguridad habían sido abiertas y el vigilante de seguridad había sufrido un ataque por parte del asaltante, quien, según testigos, era un chico joven, rubio y de ojos claros.

No tardaron demasiado en llegar al escenario del crimen. El sitio era un verdadero caos. La calle estaba cortada al tráfico, la muchedumbre se apiñaba tras las vallas de plástico que delimitaban la zona, unos cuantos agentes colocaban cartelitos con letras en el suelo, un enorme charco de sangre cubría parte de un callejón situado en la otra acera, muchos testigos se encontraban declarando… Moore analizó la situación y, acompañado de Callaway, pasó al interior del banco, pues era allí donde había empezado todo, y fuera donde, por el momento, había terminado.

Moore pudo conocer al detective Carlton Bleetz, persona a cargo del caso de los homicidios hasta la implicación activa de Callaway y la recomendación de Moore. El meticuloso detective arkhamita era un hombre bajito, con el pelo corto, oscuro y con entradas, lucía un poblado bigote negro y vestía una camisa blanca con tirantes. La mancha de café en la camisa ponía de manifiesto que la noticia del robo le había pillado desayunando. Bleetz se encontraba interrogando por enésima vez a una de las cajeras, la Sra. Williamson. Cuando acabó, Callaway le presentó a Moore, su homónimo neoyorquino, y juntos se dirigieron a la bóveda donde Bleetz creía que había empezado todo.

Avanzaron por un corto pasillo con una cámara de seguridad instalada y operativa en cada extremo, detalle en el que repararon los recién llegados. Al final del mencionado pasillo había una puerta de seguridad, cuyo acceso era mediante llave digital, pero que estaba en ese momento abierta. Bajando unos cuantos escalones se encontraba la bóveda, un espacio claustrofóbico lleno de hileras ordenadas de muebles con cajas de seguridad extendiéndose a cada lado de un pasillo central que acababa en una pared y un escritorio, donde se hallaba el cuerpo sin vida de Dank, rodeado de sangre.

Dank estaba sentado, y lucía en el cuello el mismo tipo de herida que Margaret y Patricia. La sangre lo había salpicado todo, y a Moore le resultaba comprensible que el asesino se hubiese manchado, o quizá fuese tremendamente hábil.

Examinando la herida y la línea de sangre arterial que había dibujada en la pared, Moore se dio cuenta de que el Sr. Dank sufrió un único corte, mortal. Meditando nuevamente sobre el arma homicida y la fuerza necesaria para tal brutalidad, Bleetz llamó su atención.

—Y hay algo más….

Del bolsillo de su chaqueta Bleetz sacó una bolsita transparente que contenía una cajita de color azul oscuro, las típicas que se utilizan para guardar joyas. Sacó la cajita usando guantes de látex y la abrió para que Callaway y Moore pudiesen ver el interior: un dedo de mujer con un anillo de oro. La primera vez que Bleetz lo vio, y así lo compartió con su superior y su colega, supuso que pertenecía a la mujer del director, y envió a dos agentes a casa de los Dank a comprobarlo. La cajita fue encontraba en el escritorio del despacho del director, el cual se situaba justo detrás de las ventanillas de caja. A Moore aquello le hizo pensar que, o bien el asesino era descuidado, o bien no le importaba.

Tras examinar esa parte de la escena del crimen, Bleetz condujo a la pareja escaleras arriba, hasta el despacho del director. La habitación estaba impoluta, lo cual indicaba que allí no hubo ninguna clase de forcejeo ni nada, solamente el chantaje con el dedo seccionado. Bleetz procedió entonces a poner en el ordenador las grabaciones que su equipo había recogido. En ella podía verse entrar al agresor, ladrón y homicida. Tal y como Callaway contara a Moore, se trataba de un chico alto, rubio y de ojos claros, bastante joven, pues no tendría más de veinte y pocos años. Vestía un traje oscuro y corbata, aunque no muy arreglado, como si el traje le estuviera algo grande o no supiera ajustarse la ropa. Se le veía entrar, hablar con la Sra. Williamson y pasar poco después al despacho del director. A continuación se le vería pasar por el pasillo junto a Dank en dirección a la bóveda. Al rato salía tranquilamente de la bóveda, sin prisa alguna. La última grabación era de una de las cámaras de la entrada, que mostraba al vigilante de seguridad corriendo hacia la calle, perdiéndose de vista, pues el ángulo no daba para más. A los presentes les sorprendió que el sospechoso no había tenido el más mínimo cuidado en ocultar su rostro, como si no fuera consciente de la presencia de las cámaras, algo sabido por todo el mundo.

Sin tiempo para explicaciones, Bleetz salió fuera explicando su teoría: —Por la declaración de la cajera y las evidencias que hemos encontrados hasta ahora, puedo deducir los hechos de un modo aproximado. Ese chico rubio y bien parecido llegó al banco en torno a las ocho y cuarto de la mañana. Vestía un traje gris con corbata, aunque según la cajera el nudo estaba muy mal hecho, por eso le llamó la atención. El sospechoso solicitó hablar con el director, y pasó dentro tras un par de minutos. Allí hablaron durante un tiempo determinado por las grabaciones, puesto que la Sra. Williamson ni ningún otro cajero estuvieron pendientes. El sospechoso amenazó al Sr. Dank enseñándole el dedo anular que había seccionado a su esposa, a quien posiblemente tenía como rehén, aunque este extremo tendrá que ser confirmado. Ambos bajaron a la bóveda, y de las cajas de seguridad el sospechoso pudo robar una cantidad aproximada de dieciocho mil dólares.

Bleetz se detuvo junto a un gran charco de sangre que había en una calle angosta en la acera de enfrente.

—El sospechoso, —prosiguió el sudoroso Bleetz, —por el motivo que fuera, mató al Sr. Dank, y abandonó el lugar con su botín. El vigilante de seguridad, Archie Malone, se enteró de alguna forma del asalto, pues aún no hemos podido interrogarle dado su estado, y salió corriendo detrás del sospechoso, precitadamente. —Bleetz señaló a un hombre de unos cuarenta años y con uniforme que esperaba pacientemente otro interrogatorio más. —Casi lo atropella con su autobús. —A continuación señaló un autobús de color blanco y franja roja de la línea de Arkham aparcado cerca del banco. —Por lo que se ve el agente Malone alcanzó al sospechoso en este callejón, y durante el forcejeo el segundo arrancó de cuajo el brazo izquierdo al primero.

Callaway y Moore miraron con escepticismo a Bleetz, pero éste les confesó que había testigos, y que el frenazo del autobús y la persecución llamaron la atención de varios de los viandantes que pasaban por allí, afortunadamente uno de los cuales llevaba una cámara. El carrete había sido mandado a revelar.

Mientras el inspector y los detectives discutían el caso, uno de los agentes avisó a Bleetz de que estaba recibiendo una llamada por radio a su Peugeot 403. El detective arkhamita acudió al vehículo, y los demás se quedaron estudiando el callejón. Moore meneaba la cabeza negativamente, incapaz de explicar cómo una persona era capaz de arrancar de cuajo un brazo a otra. Recordó aquella fatídica noche en el jardín de los Benson, cómo había gente que creía en cosas sobrenaturales y que era capaz de cometer actos atroces para llegar a utilizarlas en su beneficio. Se le erizaba el vello de la nuca tratando de dar con una explicación lógica, sin embargo, no podía obtenerla. Miró a Callaway, quien esperaba otra de las brillantes conclusiones de su amigo, y permaneció callado.

Bleetz regresó poco después con la noticia de que la Sra. Dank estaba muerta en su casa, maniatada y con el mismo corte en la garganta que su marido. Posiblemente el dedo le fuera seccionado después. Obviamente el asesino no tenía tiempo ni ganas de retener a un rehén. Los vecinos no habían visto nada. Ahora la cuestión se reducía a revelar la fotografía, así que los tres se fueron para sus vehículos, siendo abordados por un agente y uno de los empleados de la entidad bancaria. Le entregaron a Bleetz un papel en el que aparecía desglosado lo robado y sus correspondientes propietarios. El sospechoso había robado únicamente dinero, un total de dieciocho mil doscientos, dejando allí joyas de otros objetos de valor. Bleetz ordenó que se localizase e interrogase inmediatamente a los propietarios de las cajas de seguridad, algo que Moore consideró innecesario dadas las circunstancias, aunque estaba bien que el detective prefiriese no dejar ningún cabo suelto.

Los tres partieron con un montón de ideas y teorías en la cabeza, pero no las compartieron porque la mayoría, por no decir todas, tenían puntos oscuros. Llegaron a la comisaría en el 302 de la calle Armitage, y esperaron la fotografía, cruzando los dedos porque en ella saliese también el sospechoso. Bleetz permaneció en contacto constante con los agentes todavía presentes en la escena del crimen. El juez ya había ordenado el levantamiento del finado, así que probablemente dispondrían de los resultados de la autopsia aquella misma noche.
Momentos más tarde, la fotografía estaba lista para ser estudiada. Solamente había una suficientemente clara, y la Policía ya podía darse con un canto en los dientes al haber conseguido una prueba visual durante el ataque al vigilante de seguridad. Pasaron al laboratorio de la comisaría, donde había colgadas fotografías del paisaje que Arkham ofrece mayormente a los melancólicos de una vieja Nueva Inglaterra; y entre ellas la esperada: aunque desde cierta distancia, se veía al vigilante Archie Malone siendo empujado contra la pared por el joven de las grabaciones, con la mirada horrorizada y un grito desgarrador congelados por la instantánea; el brazo arrancado estaba siendo sostenido por el agresor y… algo extraño… Moore tuvo que parpadear un par de veces. Le había parecido distinguir una silueta, pero seguramente se trataba de un fallo en el revelado o la exposición parcial del carrete a la luz, o la falta de sueño, ¿quién sabe?

El primero en articular palabra fue Callaway. —No hace falta consultar con físico alguno; ningún ser humano tiene fuerza suficiente para arrancar el brazo a otro de esa forma.

—Ni para hacer esos cortes, —añadió Moore.

—Alguien está mintiendo o no nos lo está contando todo, —fue el comentario de Bleetz. En lo que estaban de acuerdo los tres era en que había que identificar al sospechoso.
Sconvix
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Re: La era de Mappo

Notapor Sconvix el Sab Abr 24, 2021 4:05 pm

NILS LINDSTROM

I

—Disculpe señor. —Moore, que iba más rezagado, se volvió y vio a un chico regordete y con gafas, acercándose a él con un periódico en la mano.

—¿Qué quieres hijo? —respondió el detective.

Adam tragó saliva y respondió al agente mientras señalaba la fotografía de la portada del periódico. —Conozco a este chico, sé quién es.

—Y nosotros, muchacho. Por eso estamos aquí. —Con esa respuesta Moore retomó el camino, a pesar de la insistencia de Adam.

—Pero no lo comprende, tengo información importante que darles.

Sin detenerse, Moore le dijo que tenían cuanta necesitaban, aunque no para su gusto. En ese momento Adam lo agarró por el hombro, muy nervioso, frenándolo y separándolo de Bleetz y Callaway que se adelantaban.

—Hay algo en la fotografía…. —dijo Adam con tono misterioso.

A Moore aquello le intrigó, no veía nada en la imagen. No obstante, la primera vez que la vio creyó distinguir cierta anomalía que ninguno de sus compañeros llegó a advertir. Fue entonces cuando tomó en serio al chico.

Moore pidió a Callaway que registrase el dormitorio de Lindstrom en la universidad, mientras él hablaba un momento con aquel posible colaborador. Los dos se sentaron en uno de los números bancos de madera quebrada y repintada del jardín delantero de la biblioteca. Moore le dijo a Adam que le contase todo lo que sabía acerca del Nils, y el estudiante le relató lo sucedido en la finca Fairview unas dos semanas antes, o al menos lo que presenció cuando acudió al salón junto a los demás. Lo de la hipnosis, si es que era importante, se lo podía contar cualquier otro de los asistentes a la fiesta, como su amigo Jason Burke, por ejemplo.

Cuando Moore creyó tener todos los datos necesarios para desconcertarse aún más, preguntó a Adam qué veía en la imagen. Adam volvió a desdoblar el periódico para enseñárselo al detective, pero se quedó atónito al no detectar entonces al reptil superpuesto en la imagen de Nils. Enmudeció unos segundos y, cuando salió de su asombro, confesó a aquel agente negro lo que le había parecido ver, lo que estaba seguro de haber visto, en la fotografía.

Moore tomó los datos de Adam y le prometió mantener el contacto. Lo dejó solo en aquel banco, poniendo el periódico en diferentes posturas, claramente alterado. Para cuando llegó al dormitorio de Nils Lindstrom su amigo ya había tomado algunas notas mentales.

El dormitorio era el típico de un campus. Un cubículo con dos camas y un lavabo. Dos mitades claramente diferenciadas: una con pesas, carteles de culturismo y ropa de deporte, y otro con libros de economía, algo más ordenado y con ropa pija.

El compañero de cuarto de Nils, un estudiante de educación física llamado Owen Preston, había sido citado allí por la Policía para proceder al registro, eso sí, con una multitud de estudiantes agolpados en la puerta. Según él, Lindstrom era un estudiante brillante y dedicado, que entregaba siempre los trabajos a tiempo y aprobaba los exámenes. Económicamente era solvente, ya que su padre era nada más y nada menos que el senador por Indiana Harold Lindstrom. En cuanto Moore oyó hablar de política un escalofrío recorrió su espina dorsal.

El senador estuvo de visita en Arkham hace poco para ver a su hijo, cuando fue ingresado durante cuatro días en el Hospital de Santa María. Moore exigió fechas exactas a Preston, pero éstas fueron más bien aproximadas, por lo que el detective se veía visitando el hospital.

Una vez salido del coma, contaba Preston, Nils apareció en el dormitorio, mostrándose bastante confundido al principio.

—Casi no articulaba palabra, —confesó. —Empezó a acudir a la biblioteca de la universidad con bastante asiduidad, pasando de las clases y de los entrenamientos. ¡Ah, sí! los entrenamientos. Ahora les explico. Pasados nueve días desde su alta en el hospital cogió sus cosas y se marchó, posiblemente a un apartamento, aunque no dejó de acudir a la biblioteca a diario. —Preston insistió mucho en el hecho de que su compañero de dormitorio, con quien llevaba conviviendo bastante tiempo, parecía otro.

—¿Y qué es eso de los entrenamientos? —preguntó Callaway, a quien no se le escapaba una, al menos aquel día.

El joven Preston explicó que Nils fue increpado un día por el entrenador, Ben Braddock, un hombre que no se cortaba y decía las cosas tal y como le parecían que eran, aparte de poseer un físico imponente, de ahí su apodo “Toro”, asignado por los estudiantes. Enfurecido, Nils cogió una jabalina y, sin coger carrerilla, o eso dicen, la lanzó a ciento setenta y cinco metros, clavándola en los ladrillos del pabellón e hiriendo a Ungelo, un encargado de mantenimiento de la pista. Aquel incidente tuvo lugar dos días antes de su marcha.

Con cada fecha que Preston daba, Moore iba estableciendo un eje cronológico mentalmente. O sea, que Nils estuvo el dieciséis en casa de los Duprey, y no volvió a ser visto por el campus hasta cinco días después, en decir el miércoles veintiuno. Una semana después discutió con su entrenador, y dos días más tarde abandonó el dormitorio. Eso les llevaba ya hasta el treinta de marzo, el día de la muerte de Margaret O’Conner. Al otro viernes fue asesinada la hija del pastor local, y tres días después, ayer, se produjo el robo al banco. Y hoy estan en el dormitorio interrogando a su compañero de habitación. Callaway y Moore repasaron todos estos datos, pero el segundo no contó al primero nada de lo que le había revelado el estudiante de arqueología.

—¿Y qué hay de la familia de Nils? ¿Lo han visitado? ¿Conoces a alguien de su entorno que pueda explicarnos algo más acerca de su comportamiento? —Callaway siguió interrogando al chaval.

—Que yo sepa su padre estuvo aquí durante el coma, pero tuvo que irse. No están muy unidos, si es eso lo que pregunta. Él es senador, y dispone de poco tiempo, o al menos eso dice Nils siempre. De sus amigos yo soy quien mejor lo conocía. Pertenecía al Club Sunday, pero meramente por prestigio, pues nunca acudía a sus reuniones.

—¿Qué es el Club Sunday ese exactamente? —preguntó Moore mientras examinaba los libros de Nils.

—Se trata de un club elitista del campus. Está formado por hijos de familias acaudaladas. Las reuniones son los domingos, como su propio nombre indica, y se hacen casi siempre en la casa de su fundador, un estudiante de química llamado Gary Augustine.

Toda aquella información a Moore le parecía que estaba de más, pero aun así debía ser comprobada. Mientras tanto Callaway registraba el escaso contenido del dormitorio. Ninguno de los dos agentes pudo encontrar nada que indicase el posible paradero de Nils ni explicase el porqué de su comportamiento homicida. Moore decidió salir y buscar al chico que le había abordado antes frente a la biblioteca. Sabía dónde encontrarlo.

—Acompáñame, —ordenó Moore a Adam secamente.

Adam permaneció callado, intentando mantener el paso acelerado del detective. Subieron los cuatro escalones de mármol blanco, y unas hojas de cristal se retiraron automáticamente para permitirles el acceso. En aquella biblioteca de sala única, con las estanterías de metal llenas libros a la derecha, una pequeña hemeroteca y un servicio de mapas a la izquierda, un servicio de fotocopiadora al fondo, detrás del área dedicada a la lectura, en cuyo centro se alzaba majestuoso el busto del eminente Henry Armitage, las suelas de goma de los Oxford de Moore rechinaban en el lustroso parqué del recinto. Pero Moore no tuvo nada más que dar unos pocos pasos para llegar al mostrador.

El detective habló con los bibliotecarios, a ver si casualmente hubiera alguno que, por casualidad o curiosidad, recordase a Nils Lindstrom de cuando éste estuvo en la biblioteca después de salir del coma. Por fortuna, uno de los encargados de devolver los libros a su sitio correspondiente todas las tardes reparó en su día en Nils por la gran cantidad de libros que consultaba.

—Sobre todo de historia, —explicó el bibliotecario. —Pero también de casi cualquier temática: tecnología, geografía, física… leía periódicos atrasados ¡y hasta prensa rosa! Lo que no le vi hacer nunca fue consultar los ordenadores.

Moore solicitó echar un vistazo a unos cuantos de los libros consultados por Nils, pero tras un par de horas rebuscando con la ayuda de Adam, aquello seguía sin decirle nada. Se pasaron el tiempo sentados en una de las mesas de lectura, más que leyendo buscando un dato relevante. Adam trató de volver a contar a Moore durante ese tiempo lo sucedido en la finca Fairview semanas atrás.

El estudiante de arqueología relató nuevamente al detective y con más detalle lo que vivió en casa de los Duprey. No la presentación del profesor ni la cena, sino desde el momento en el que él entró en la habitación contigua, mencionando lo de la mesmerización anterior a su presencia en el salón.

La mente de Moore fue concentrándose cada vez más en la historia del chico que en los libros y periódicos que tenía ante sí. Le formuló una serie de preguntas, como la hora exacta de cada hecho, las condiciones de luz, posibles tics nerviosos en Nils y cosas así. Ningún dato le satisfizo, pero poco a poco y con cada uno se iba formando algunas ideas y teorías que le evitarían interrogatorios y visitas innecesarias.

Al final, y con el Sol ya casi oculto tras las colinas embrujadas de la olvidada Arkham, Moore cerró de golpe el último libro que estaba dispuesto a consultar por ese día, se llevó la mano a la frente y se enjugó los ojos. Se sentía cansado, así que se activó y se puso en pie.

—¿Tienes confianza con los Duprey? —Preguntó al bostezante Adam, quien no había soltado aún el periódico de aquel día.

—Algo… —fue la respuesta.

—Entonces, vamos.
Sconvix
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